La infinita estupidez humana

Twitteros:

Perdonen ustedes que venga a mostrarles mi talego de huesos; no los culpo si están tentados a acusarlo de recurso bajo y manipulador. Para mí, en cambio, sólo se trata de una prueba, irrefutable, ya que al parecer se encuentran demasiado engolosinados con “su” “libertad de expresión” como para recordar acuerdos básicos de lo social.

Esto de convivir en sociedad implica que a fuerzas va a haber otro, y sé que muchas veces no nos gusta. Otro que puede ser nuestro hermano, el vecino, el que se subió al transporte público, uno que cruza la calle mientras manejamos o al revés. Otro metido por accidente, quizás sólo segundos, a nuestra existencia, pero con todo el derecho de estar ahí como lo tengo yo y al que seguro, le estorbo tanto como él a mí.

La mutua presencia estorbosa del otro es conflictiva. Dos yo, o dos otros, o las dos cosas al mismo tiempo, queriendo eliminarse por mutuos y estorbosos (¿un acuerdo?)

Para eso son las leyes: para salvaguárdanos de nuestras pulsiones. Sin ley, el otro yo, el otro y yo, yo y el otro, ya nos habríamos eliminado.

La cosa a veces no consiste ni en llegar a los golpes, me refiero a dos conviviendo incapaces de respetarse. Como el vecino (¿cuántas veces hemos sido ese vecino?) que pone la música muy alto; el que fuma sin importarle si yo decidí alguna vez no hacerlo. El que no respeta el semáforo, mediador entre los accidentales otros que cruzan la misma calle.

La cosa es, queridos, que nadie piensa en que sus acciones se corresponden con las de otros. Es una ley de Newton, pero qué nos importa a nosotros la física, si ni opera en nuestras vidas, ¿no?: a cada acción, corresponde una reacción.

Mi talego contiene los huesos de Lety y Koyote, dos amigos que se bebieron unas chelas y salieron a comprar más. Es cierto, el reglamento de tránsito permite que uno se pase los altos en la madrugada, y era de madrugada cuando Lety y Koyote fueron por más cervezas a un Oxxo (¿por qué abren esas cosas las 24 horas del día?).

Cruzaron la calle y un auto azul pasó, permitido por la ley a no tener conciencia de los otros. Pero las leyes de los hombres, vil derecho, no se corresponden con las de la física: colisionaron, pues dos cuerpos, qué les importa a ellos el reglamento de tránsito, no pueden ocupar el mismo espacio.

A veces pienso en que si los Oxxos no abrieran todo el día, quizás… Otro, en que ese reglamento está mal y es excluyente: y en la sociedad, a fuerzas, se tiene que incluir.

Otros días creo que si el alcoholímetro fuera un programa de verdad, que se aplica diario, con penas reales (como las actuales) y no un gesto turístico que se aplica sólo en temporada de fiestas, quizás uno de esos pinches polis que nos caen tan gordos hubiera impedido al conductor del auto azul seguir manejando.

Pero soy ingenua: seguro ese conductor habría leído en Twitter, que engolosinado en su soberbia cree en la libertad por la libertad y no entiende los alcances, los límites, las consecuencias, no piensa en el otro, hubiera leído la ubicación del retén, lo habría evadido y bien chingón porque no lo pararon, de cualquier modo habría matado a mis amigos.

Karina Almaraz.