Frente al grupo

Por: Lalo Babieca.

Por los nervios oigo sin escuchar, garabateo un cuento en mis fichas bibliográficas, veo como se mueven los labios, las manos; sus ojos me tocan de momento para regresar veloces a sus notas, nadie presta atención.

Mientras habla, dirige una mirada rápida sobre su auditorio sin detenerse en nada ni en nadie; sólo un detalle en la primera fila llama un poco su atención: una chica (prácticamente mi vecina) duerme con los ojos abiertos, una mirada fija que parece interesada en la exposición.

Quien se encuentra en frente se siente halagado, pues al menos hay una persona que parece manifestar interés en lo que dice. Mi privilegiada posición me ayuda a percibir claro que quien expone se dirige principalmente a mi vecina. Es a la que ha elegido para dirigir su mirada después de algunos minutos, ella le ayuda a calmar sus nervios.

Aunque la mirada sea fija, penetrante, el expositor la encara sin timidez, no quiere darse cuenta que su único público atento es una mujer ausente; o tal vez ya lo sabe, y se dirige precisamente a los únicos ojos que en verdad no lo ven y no pueden juzgarlo, que no pueden notar el temblor de la quijada, el sudor de las manos nerviosas, la saliva seca y blanquecina en las comisuras de los labios.

En todo caso, le ayuda a sortear cuarenta y siete minutos aburridos para todos, salvo para él, que expone, pues en él esos minutos se extendieron como una liga, que aunque larga siguieron siendo los mismos cuarenta y siete tensos, aburridos minutos.

Y al final, todos recordamos esa cátedra, porque ahí, entre nosotros, mientras escuchábamos las generalidades del análisis estructural del relato literario, una chica había muerto, sentada, con los ojos abiertos, quizá de aburrimiento; seguro por la incapacidad del expositor por no haber sabido explicarlo.

Bueno, espero que este cuento no te halla matado de aburrimiento, sino me sentiré muy culpable y no volveré a escribir nunca más nada, como el tipo del relato, que después de eso nunca más regresó a la escuela por la culpa de saber que sus palabras habían matado a una persona. Creo que se metió a estudiar derecho.

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