January 2010

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Oscar y yo trabajábamos en un hotel. Yo tendría cerca de 10 meses laborando ahí cuando Oscar llegó. En un principio no nos caímos bien, pero fue más por mí culpa, ya que él había llegado para sustituir a un amigo al que quise mucho. Y así pasaron ocho meses en los que tuvimos que trabajar juntos y en que mi presuroso odio fue tomando matices más suaves hasta convertirse en una buena amistad que fue sellada por varias salidas a diferentes bares.

Todas las semanas parecía que seguíamos un guión, ya que llegaba el viernes o el sábado (nunca en jueves, porque eso me parecía un abuso) y nos íbamos a diferentes cantinas, puteros, bares, casas, otros hoteles, moteles de paso, pero nunca a lugares en donde se bailara, porque a Oscar no le gustaba bailar y a mí nunca me ha gustado la música expresamente hecha para bailar.

A pesar de su franco rechazo al baile, era bastante bueno en la conversación con las mujeres y no requería de demostrar sus (supongo) nulas habilidades para la pista, aunque esto no era necesario por los lugares a los que íbamos… en fin, el se iba con su conquista y yo me quedaba a esperarlo bebiendo o bien, también lograba ligar y me iba por mi cuenta. Cuando eso ocurría, Oscar y yo platicábamos y comparábamos resultados, y por supuesto, ambos exagerábamos, o al menos yo tenía la honestidad para admitir que exageraba, pero no frente a él.

Cuando ni uno ni otro conseguíamos ligar con alguien, nuestras pláticas se tornaban profundas y reveladoras, y también se retorcían entre miles de exageraciones y luchas constantes por tratar de demostrar quién o quien no tenía la razón.

Y claro, Había conversaciones llenas de halagos y reconocimientos, pero estas producían un mayor remordimiento el lunes siguiente.

Un fin de semana hubo una salida que mezclaba las dos cosas. Primero empezamos a defender nuestros puntos en temas muy banales, y luego estos llevaron a sendas de temas más ricos y sustanciosos, para luego llegar a temas reveladores, como los significados ocultos en las canciones, o gente que habíamos conocido y que trabajaba en la CIA, o gente que no nos importaba. Pero la gente que no nos importaba nos hacía desembocar en gente que Sí, sí nos importaba y estas eran Oscar y yo. Era cuando iniciaba nuestra etapa de mutuos reconocimientos. Y reconociendo y revelándonos fuimos platicando primero en el taxi y luego en la habitación.

Yo me acosté en la cama con una cerveza en la mano, y Oscar encendió la tele. Lo que miraba lo hizo sentarse en el borde de su cama, completamente incrédulo. Su cara hizo que de inmediato me involucrara en lo que sucedía en el aparato. Era un noticiero, y la noticia era terrible: había muerto Lady Di.

Oscar Comenzó a llorar, y yo no pude evitar llorar también, no sólo había muerto Lady di, sino también una muy importante parte de nosotros. Oscar me abrazó y lloró en mi hombro. Entre sollozos hizo una pausa y me dijo que me amaba. Yo le respondí:

-Yo te amo también.

Y nos quedamos dormidos.

Por: Gandhi Cancino.

¿Gay friendly?

A los pocos días de que se aprobó en la ALDF el matrimonio homosexual, las noticias de que el DF se convertiría en un sitio gay friendly cundieron. La primera nota la leí en El universal, informaba que se construiría un hotel para lunas de miel gays y que se impulsaría la industria dirigida a ese público.

Una dice, bueno, ‘ta bien.

Pero luego vi en el metro un anuncio de un sitio de citas dirigido a homosexuales y me pareció terrible. No digo para nada que no deba existir una industria especifica para quién sea, al contrario, siempre he creído que fue el capitalismo el que dinamitó el movimiento feminista a principios de los años cincuenta, por ejemplo, y sé que una parte del sector gay, la de los profesionales sin hijos, es muy atractiva para el mercado igual que lo es el mercado DINK (Double Income, No Kids)

Pero cuando un gobierno aprueba una demanda caduca y todavía no sale de la polémica por esta cuando ya está vendiendo el nuevo paraíso de tolerancia gay, pues… Es sospechoso.

No digo que no se debió aprobar el matrimonio gay: la comunidad homosexual había sido tratada como medio ciudadano, tenían obligaciones y ningún derecho. Que se le den derechos a todos los que viven en sociedad, de eso se trata.

Pero estas acciones me hacen pensar qué tan comprometido está el gobierno del DF con esa idea, la de garantizar los derechos de los ciudadanos como lo está con la de explotar esa imagen.

Twitteros:

Perdonen ustedes que venga a mostrarles mi talego de huesos; no los culpo si están tentados a acusarlo de recurso bajo y manipulador. Para mí, en cambio, sólo se trata de una prueba, irrefutable, ya que al parecer se encuentran demasiado engolosinados con “su” “libertad de expresión” como para recordar acuerdos básicos de lo social.

Esto de convivir en sociedad implica que a fuerzas va a haber otro, y sé que muchas veces no nos gusta. Otro que puede ser nuestro hermano, el vecino, el que se subió al transporte público, uno que cruza la calle mientras manejamos o al revés. Otro metido por accidente, quizás sólo segundos, a nuestra existencia, pero con todo el derecho de estar ahí como lo tengo yo y al que seguro, le estorbo tanto como él a mí.

La mutua presencia estorbosa del otro es conflictiva. Dos yo, o dos otros, o las dos cosas al mismo tiempo, queriendo eliminarse por mutuos y estorbosos (¿un acuerdo?)

Para eso son las leyes: para salvaguárdanos de nuestras pulsiones. Sin ley, el otro yo, el otro y yo, yo y el otro, ya nos habríamos eliminado.

La cosa a veces no consiste ni en llegar a los golpes, me refiero a dos conviviendo incapaces de respetarse. Como el vecino (¿cuántas veces hemos sido ese vecino?) que pone la música muy alto; el que fuma sin importarle si yo decidí alguna vez no hacerlo. El que no respeta el semáforo, mediador entre los accidentales otros que cruzan la misma calle.

La cosa es, queridos, que nadie piensa en que sus acciones se corresponden con las de otros. Es una ley de Newton, pero qué nos importa a nosotros la física, si ni opera en nuestras vidas, ¿no?: a cada acción, corresponde una reacción.

Mi talego contiene los huesos de Lety y Koyote, dos amigos que se bebieron unas chelas y salieron a comprar más. Es cierto, el reglamento de tránsito permite que uno se pase los altos en la madrugada, y era de madrugada cuando Lety y Koyote fueron por más cervezas a un Oxxo (¿por qué abren esas cosas las 24 horas del día?).

Cruzaron la calle y un auto azul pasó, permitido por la ley a no tener conciencia de los otros. Pero las leyes de los hombres, vil derecho, no se corresponden con las de la física: colisionaron, pues dos cuerpos, qué les importa a ellos el reglamento de tránsito, no pueden ocupar el mismo espacio.

A veces pienso en que si los Oxxos no abrieran todo el día, quizás… Otro, en que ese reglamento está mal y es excluyente: y en la sociedad, a fuerzas, se tiene que incluir.

Otros días creo que si el alcoholímetro fuera un programa de verdad, que se aplica diario, con penas reales (como las actuales) y no un gesto turístico que se aplica sólo en temporada de fiestas, quizás uno de esos pinches polis que nos caen tan gordos hubiera impedido al conductor del auto azul seguir manejando.

Pero soy ingenua: seguro ese conductor habría leído en Twitter, que engolosinado en su soberbia cree en la libertad por la libertad y no entiende los alcances, los límites, las consecuencias, no piensa en el otro, hubiera leído la ubicación del retén, lo habría evadido y bien chingón porque no lo pararon, de cualquier modo habría matado a mis amigos.

Karina Almaraz.

Frente al grupo

Por: Lalo Babieca.

Por los nervios oigo sin escuchar, garabateo un cuento en mis fichas bibliográficas, veo como se mueven los labios, las manos; sus ojos me tocan de momento para regresar veloces a sus notas, nadie presta atención.

Mientras habla, dirige una mirada rápida sobre su auditorio sin detenerse en nada ni en nadie; sólo un detalle en la primera fila llama un poco su atención: una chica (prácticamente mi vecina) duerme con los ojos abiertos, una mirada fija que parece interesada en la exposición.

Quien se encuentra en frente se siente halagado, pues al menos hay una persona que parece manifestar interés en lo que dice. Mi privilegiada posición me ayuda a percibir claro que quien expone se dirige principalmente a mi vecina. Es a la que ha elegido para dirigir su mirada después de algunos minutos, ella le ayuda a calmar sus nervios.

Aunque la mirada sea fija, penetrante, el expositor la encara sin timidez, no quiere darse cuenta que su único público atento es una mujer ausente; o tal vez ya lo sabe, y se dirige precisamente a los únicos ojos que en verdad no lo ven y no pueden juzgarlo, que no pueden notar el temblor de la quijada, el sudor de las manos nerviosas, la saliva seca y blanquecina en las comisuras de los labios.

En todo caso, le ayuda a sortear cuarenta y siete minutos aburridos para todos, salvo para él, que expone, pues en él esos minutos se extendieron como una liga, que aunque larga siguieron siendo los mismos cuarenta y siete tensos, aburridos minutos.

Y al final, todos recordamos esa cátedra, porque ahí, entre nosotros, mientras escuchábamos las generalidades del análisis estructural del relato literario, una chica había muerto, sentada, con los ojos abiertos, quizá de aburrimiento; seguro por la incapacidad del expositor por no haber sabido explicarlo.

Bueno, espero que este cuento no te halla matado de aburrimiento, sino me sentiré muy culpable y no volveré a escribir nunca más nada, como el tipo del relato, que después de eso nunca más regresó a la escuela por la culpa de saber que sus palabras habían matado a una persona. Creo que se metió a estudiar derecho.

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Ayer formatié mi iPod (otra vez y sin querer). Eso transformó el viaje en Metrobús.

La ciudad ante mis ojos revelaba historias como la del edificio de la Torre Insignia, o Torre Banobras, el edificio triangular sobre Insurgentes edificado por Mario Pani, alguna vez el segundo edificio más alto de México, tan sólo después de la Torre Latinoamericana y uno de los 5 más altos de los años sesenta y setenta. Pasé junto a él como todos los días en los últimos seis meses y por fin le puse atención: está abandonado y lleno de graffittis, rematado con un anuncio de que las oficinas están en renta.

Junto a él corren las vías del antiguo tren de Buenavista, ahora terminal “multimodal” a la que van a dar el Metro, el Metrobús y el Tren Suburbano. Las vías están rodeadas de una obra negra que aspira a ser un rebozante centro comercial listo para recibir a los viajantes y ser parte de una moderna y eficiente estación de tren.

Más adelante, un hombre cargado de enormes leones y pandas de peluche lee con atención un comunicado de la CFE, pegado afuera de una universidad de periodismo.

Sé que llueve porque, sin audífonos, son claras las gotas de lluvia sobre el toldo del Metrobús y poco después manchan con sus rayitas transparentes las ventanas.

También caen sobre un plantón del SME lleno de nacimientos y alegorías a los Reyes Magos, al parecer no han tenido tiempo de quitarlos, junto a mantas que llaman a la Huelga Nacional.

Un chico me observa observa y escribir. Entonces él mismo comienza a mirar con atención por la ventana buscando con atención las historias que se nos escapan.