La ciudad de la esperanza

Por: Karina Almaraz

Esto es el DF, la relatividad es lo que rige acá, no los relojes. Y menos en diciembre. Alguna vez Carlos Monsivaís escribió que en el Metro dejaban de operar las leyes de la física en cuanto al espacio y en un metro cuadrado cabían más personas de las que los cálculos estimaban… Pues ahora también en cuanto al tiempo ocurre eso. Nadie sabe ya cáunto dura un minuto.

La cosa empeora este mes. ¿De dónde sale tanta gente en diciembre? ¿Dónde se guardaron todo el año? El sábado pasado, 5 de diciembre, se le ocurrió a Marcelo Ebrard encender un árbol navideño que mide 90 metros. El árbol, sobre avenida Reforma, está rodeado de un bazar navideño y ese día hubo concierto y toda la cosa… La gente caminaba sobre Insurgentes y Reforma como sólo he podido verlo en las marchas.

De Poliforum a Revolución son 12 estaciones. Bueno, me tardé mucho en llegar. No había taxis vacíos, el metro era insufrible y todos los camiones del metrobús pasaban atiborrados.

Una semana después el caso es el mismo. Viernes 11 de diciembre. No sólo la zona alrededor de la Basílica se vuelve intransitable, toda la ciudad se llena de peregrinos, cierran Reforma para que se pueda disfrutar del árbol y el bazar… Madero, cerrada para que los turistas puedan caminar a gusto por el centro…

El Twitter hierve en recomendaciones del estilo “No salgan, está hasta la madre”, todos informan que cada punto de la ciudad está atascado.

Lo cierto es que no pasa sólo en diciembre, aunque este mes es bastante peor que los otros, pero la realidad es que el tráfico, más allá de darle bonitas frases a los cronistas, es una señal inequívoca de lo inhabitable que se ha vuelto la ciudad.

¿Y que pasa? ¿A alguien se le ha ocurrido comenzar campañas de control natal? No, pero hemos escuchado sobre cosas bastante menos urgentes, como las cédulas de identificación biométrica, el mismo árbol de Navidad, o se gasta el presupuesto en más vialidades mal planeadas (el metrobús es un ejemplo que merece ser estudiado). O se gastan el dinero en lavarnos el cerebro con eso de la influenza…

Todo urge en este país, sobre todo si sirve para taparle el ojo al macho. Mientras, hay que comprarse un carro para entrarle al estacionamiento que se ha vuelto cualquier avenida de la ciudad, subirse a una bici para ser atropellado en cuanto alguien pueda avanzar (además de muchos, somos unos maleducados viales), o intentar la proeza de viajar sentado en el transporte público. Y llegar a su casa a ver en la tele que todos le dan las gracias a la Virgen por un año más en este bonito país.