Por: Lalo Babieca
Me preguntaba dónde es que podía estar tanta gente que fui conociendo a lo largo de mi vida, qué es lo que estarían haciendo, cómo serían sus vidas ahora que volvía a la ciudad. Ya echados a andar estos pensamientos me di cuenta que era extraño. Nunca, en todos los años en que estuve ausente me encontré repasando en la cabeza algún rostro, alguna anécdota que me hubiera sucedido con alguien en esos años, mis primeros años de vida. Me fui jurando que no extrañaría a nadie, me fui para borrarlo todo y empezar de nuevo, en cualquier otra parte, donde nadie supiera mi nombre. Y el nuevo empleo de mi padre se presentaba perfecto para eso, para no regresar nunca. Pero estaba equivocado, había algún día de volver y ahora me daba cuenta que siempre algo de mí se quedó en esta parte. De repente los recuerdos se agolpaban en mi mente, nítidos, con luces doradas y olor a tierra mojada.
El vecindario era el mismo pero lucía diferente, quizá porque no lograba reconocer los rostros que no correspondían con las fachadas. Faltaba la señora Lucía viendo pasar personas desde su puerta, sentada en una silla de plástico, casi siempre acompañada por otras viejecitas un poco menores que ella, la líder indiscutible de los octogenarios; faltaba el auto destartalado donde vivía José, expulsado de su propia casa por sus sobrinos, los cuales, muy amables, le habían dejado vivir, que más bien era pasar la noche, en el auto; ya no estaba Laura, la chica de la farmacia que me ponía nervioso con sólo pasar frente a ella, faltaba la farmacia, la paletería, la música a todo volumen de un vecino del que nunca pude conocer su rostro cuando se mezclaba entre los demás por la calle, sólo escuchaba a través de su ventana la música que escapaba, y yo esperaba a que alguien se asomara para saber quién era aquel que ponía cosas que nadie más por esas calles escuchaba; fue gracias a él que escuché por primera vez a Los Beatles, aunque no sabía en ese entonces que se trataba de ellos, pero ya empezaban a gustarme; en fin faltaban muchos colores que antes solía tener mi barrio, o que ahora los veía diferente.
Estaba sólo de paso en la ciudad, y decidí pasar a visitar a viejos amigos, pero no encontraba a nadie, quizá porque no pude hacer a ningún verdadero amigo, sólo conocidos con los cuales despistar al aburrimiento.
Un nuevo centro comercial se había erigido sobre lo que antes fue un enorme terreno baldío. Se hacía de noche y tenía que continuar mi viaje hacia el sur. Pasaría sólo a comprar algunas cosas necesarias para el camino.
Y ahí estaban casi todos. Mis viejos compañeros de la primaria vendiendo, comprando, exhibiendo, limpiando, acomodando, vigilando, todos con la sonrisa parte del uniforme de esa mole comercial; Laura en la sección de fármacos, ya sin la belleza natural que antes me aturdía, Gustavo, el portero del equipo de la primaria, enfundado en un uniforme azul, vigilando con sus ojitos negros que no se alterara el orden, que no se robara ni una sola uva; Antonio era viene viene en el estacionamiento; Rebeca tras la caja dos, la caja rápida, por la que pasaban todos apresurados, desesperados, pagando con moneditas el precio justo; Rodrigo supervisor; Daniel cortaba carnes y ofrecía salchichas.
Era como estar de regreso, en una kermese a la que le faltaban las risas y el juzgado para las bodas entre niños. Todo se acomodaba perfecto en esas estanterías. Por un momento pensé en ir y solicitar trabajo, llegar por fin a algún sitio donde no me sentiría totalmente ajeno, volver a formar parte de ese mundo donde las cosas no habían cambiando solo por el deterioro normal del paso del tiempo, posiblemente estaba cansado de no pertenecer a ninguna parte, de vivir en hoteles y nunca terminar lo que iniciaba, de preferir huir y no hacer nada antes de enfrentarme a un fracaso.
Entonces fue que sonó en los altavoces Eleanor Rigby. Tenía que volver a irme, sabía que las cosas sí habían cambiado, estaban peor que cuando me fui, estaban como para volver a irse y esta vez sí pensar en todos ellos; irme para continuar mi vida, para terminarla algún día, seguir buscando, llegar al sitio adecuado.
Estiré la mano que se me derretía entre las monedas para pagar mis botellas de agua embotellada, los paquetes de galletas, y el paquete de cigarrillos que le pedí a Rebeca.
Al decirme “Buenas Noches, ¿encontró todo lo que necesitaba?”, se me cerró la garganta, no pude decir que sí, que efectivamente lo había encontrado, pero que no me era suficiente. En ese instante en que levantó la mirada para formular su pregunta vi un brillo en sus ojos que yo interpreté como que me había reconocido, el cual se apagó instantáneamente, volviendo a olvidarme como lo había hecho hace 15 años, para continuar su vida, para cobrarle al cliente que estaba detrás mío.
