Oscar y yo trabajábamos en un hotel. Yo tendría cerca de 10 meses laborando ahí cuando Oscar llegó. En un principio no nos caímos bien, pero fue más por mí culpa, ya que él había llegado para sustituir a un amigo al que quise mucho. Y así pasaron ocho meses en los que tuvimos que trabajar juntos y en que mi presuroso odio fue tomando matices más suaves hasta convertirse en una buena amistad que fue sellada por varias salidas a diferentes bares.
Todas las semanas parecía que seguíamos un guión, ya que llegaba el viernes o el sábado (nunca en jueves, porque eso me parecía un abuso) y nos íbamos a diferentes cantinas, puteros, bares, casas, otros hoteles, moteles de paso, pero nunca a lugares en donde se bailara, porque a Oscar no le gustaba bailar y a mí nunca me ha gustado la música expresamente hecha para bailar.
A pesar de su franco rechazo al baile, era bastante bueno en la conversación con las mujeres y no requería de demostrar sus (supongo) nulas habilidades para la pista, aunque esto no era necesario por los lugares a los que íbamos… en fin, el se iba con su conquista y yo me quedaba a esperarlo bebiendo o bien, también lograba ligar y me iba por mi cuenta. Cuando eso ocurría, Oscar y yo platicábamos y comparábamos resultados, y por supuesto, ambos exagerábamos, o al menos yo tenía la honestidad para admitir que exageraba, pero no frente a él.
Cuando ni uno ni otro conseguíamos ligar con alguien, nuestras pláticas se tornaban profundas y reveladoras, y también se retorcían entre miles de exageraciones y luchas constantes por tratar de demostrar quién o quien no tenía la razón.
Y claro, Había conversaciones llenas de halagos y reconocimientos, pero estas producían un mayor remordimiento el lunes siguiente.
Un fin de semana hubo una salida que mezclaba las dos cosas. Primero empezamos a defender nuestros puntos en temas muy banales, y luego estos llevaron a sendas de temas más ricos y sustanciosos, para luego llegar a temas reveladores, como los significados ocultos en las canciones, o gente que habíamos conocido y que trabajaba en la CIA, o gente que no nos importaba. Pero la gente que no nos importaba nos hacía desembocar en gente que Sí, sí nos importaba y estas eran Oscar y yo. Era cuando iniciaba nuestra etapa de mutuos reconocimientos. Y reconociendo y revelándonos fuimos platicando primero en el taxi y luego en la habitación.
Yo me acosté en la cama con una cerveza en la mano, y Oscar encendió la tele. Lo que miraba lo hizo sentarse en el borde de su cama, completamente incrédulo. Su cara hizo que de inmediato me involucrara en lo que sucedía en el aparato. Era un noticiero, y la noticia era terrible: había muerto Lady Di.
Oscar Comenzó a llorar, y yo no pude evitar llorar también, no sólo había muerto Lady di, sino también una muy importante parte de nosotros. Oscar me abrazó y lloró en mi hombro. Entre sollozos hizo una pausa y me dijo que me amaba. Yo le respondí:
-Yo te amo también.
Y nos quedamos dormidos.
Por: Gandhi Cancino.


