Recuerdo que el único lugar en donde estabas segura era mi pecho; ahora solo quiero que salgas de ahí.
Probablemente lo único que ella necesitaba era ser salvada, solo que nunca lo dijo y yo lo comprendí cuando ya se había marchado.
Lo comprendí absolutamente todo bastante tarde; las huellas que iba dejando me mostraban que si se iba, era para no volver, ni siquiera la mirada, menos un paso.
En esta historia nuestra, esa mujer me lanza al vacío y como si fuese cualquier pasado de cualquier cuento, ella se marcha sin temor. Ella había encontrado a alguien que la buscaba amar más nunca me escuchó cuando le supliqué “quiero ser yo”… o tal vez me faltó gritarle con algo más que la voz.
Probablemente ella solo caminaba para que yo la encontrara en la vereda y nos formáramos para siempre como líneas perpendiculares, probablemente ella requería vivirnos en una esfera o direccionar ecuaciones que descansaban en la simplicidad de un hoy no te resuelvo. Hoy entiendo que si no tuve fe y tuve pies torpes, entonces fue razón para nunca poder alcanzarla.
Hoy no culpo ni siquiera al tiempo; hoy ni siquiera sé si le haces falta a nuestra casa; hoy no sé si pude haberme ido yo primero. Hoy solo pido, con el alma abrasada, que abandones mi memoria y te desprendas de mi pecho, que vueles tan alto como dos alas rotas puedan y que te vuelvas historia, para que entonces te vayas.
Caer en la maldición de querer sanar un corazón es una constante invariable para quien se enamora antes de ser correspondido o aún siéndolo.
La primera vez que me enamoré lo hice sin vendas en los ojos y con una fe más grande que la que se usa para mover montañas.
Y la última vez fue casi idéntica a la primera; lo único que me faltó fue un poquito de fe, claro, sin contar que la primera fue hace diez años y la última fue el primer sábado de este mayo.
Siempre creí que si me excusaba detrás de un ramo de rosas, ella saldría corriendo a detenerme, besándome toda la cara exceptuando los labios y me diría con el tono más fiel que nada pasaba. Vaya esperanzas las mías, siempre siempre cargando con un excedente de fe.
Todo el tiempo me sobró mucho cielo y me faltó tierra que pisar, a ello le atribuyo mi visión desenfrenada de ese amor maldito que tanto se me escapa aún de las palmas de mis manos.
Enamorarme de mujeres con ideas que me vuelcan la cabeza siempre me ha sido un ejercicio tan eterno como el dicho ese que habla de los cangrejos. Ese pues, el de la inmortalidad. Vieras que cuando una toma güisqui y lo mezcla con las letras, sale una conjugación extrema de vísceras y raciocinio casi sin fin.
Cosa curiosa esa de descubrir que la vida compartida tiene doble valor, que los besos premeditados surgen de una revolución de pensamientos rebosantes de imaginación, que las pláticas que se tienen con las miradas son más permanentes que un susurro del viento y que el roce piel a piel es tan efímero como una ola de mar.
Absolutamente todo para comprender que ellas sin miedo se van, absolutamente todo para comprender que la descripción que pueda yo hacer será un mero desatino a la perfección pero un gran tributo a esos pedacitos de felicidad etérea, a esas regresiones llenas de frío, ausencia, sol y edad; un absoluto desconsuelo al exilio que perdonamos siempre despacio y siempre sin parar.
Desde que te fuiste me proclamé en la más vasta huelga de amor incumplido en manos de una mujer. Ese amor incumplido tuyo, esas manos de una mujer las tuyas.
He roto mi rutina dejando de salir a correr por las mañanas. La vecina guapísima que me alentaba a despertar tan temprano, se ha mudado igual que tú, solo que ella vació el lugar.
Te cuento que últimamente he charlado más con niños que con personas catalogadas como adultas; hay más niños solos que amantes en el mundo, ¿alguna vez lo habías pensado?
También, siento haber envejecido. Los científicos bien dicen que la falta de sueño produce senilidad prematura. Y al paso que voy terminaré por alcanzar a mi abuela el mes que viene.
Desde que te fuiste me he enamorado tres veces, dos de ellas de la misma persona y el mismo día. Vieras qué cosa. Vieras qué mujer. Vieras qué domingo.
He tratado de cambiar (series de palabras nítidas que no dejan de ser dulces), todos los “he pensado en ti”, por “te he imaginado caminando en mi calle preferida”, más como toda clase de conquista, siempre termino arruinándola, y también me ha dado por guardar preguntas como “¿Cuál es tu color favorito en el cielo?” como escape para cuando no tenga qué decir; nunca alguien responderá algún color oscuro.
Aprendí también a dejar de inventarnos al tiempo que más nos he llorado y decidí aplazar las respuestas que te incluían en preguntas que no quería ni escuchar.
Desde que te fuiste tuve que volver a pintar el color de la que era nuestra casa. El blanco nunca me gustó. Y sí, esos cuadros minimalistas en el comedor lucen tal como lo supuse.
Tus huellas me enseñaron que no existe mujer inofensiva y que si le hago el amor a muchos cuerpos estoy persiguiendo una sola intención, cual es el no descoser mi alma, cual es no colocar mi destino en ese par de brazos delicados que siempre suelo besar.
Y entonces me he fundido con el mar pretendiendo que llora por mí, he caminado sin parar pretendiendo que no hay quien me alcance y graciosamente me he puesto en dos manos pretendiendo que absolutamente nada va a pasar.
Después me echo a reír y pido que todo vuelva a comenzar.
Desde que la conocí supe que la tenía en un plan, específicamente en un lugar lleno de sal.
Y ahí nos encontramos, era una casa mediana pero justa para dos. Era un sitio tan mágico que apenas sentadas en el cobertizo, el mar nos buscaba tanto que las olas rompían en nuestros pies, algo así como un cuadro bien pintado, solo que un poco mejor.
Era una tarde soleada, de esas tardes muy repetidas, era la hora justa que separaba los sueños de una parálisis en la memoria. Después vendría la noche; luego el abandono, la huida, nunca la permanencia.
Nos miramos más tiempo del que hablamos. Ella me contaba sus años mientras yo medía el tamaño de sus lunares, todos ellos con la yema de mis dedos. Yo la tocaba mientras ella cantaba un poco de rock. Ella tenía historias en las heridas y yo mis manos enteras en la profundidad de sus cicatrices. Yo le besaba la comisura de los labios y ambas enloquecíamos con una guerra entre nuestros párpados.
Enseguida la puesta de Sol con todos los escenarios juntos que he leído en unos cuantos libros, solo que un poco mejor. Me hablaba de ella mientras yo gesticulaba por sus malos agudos al cantar. Me susurraba despacito palabras al oído que nunca entendí; yo sonreía porque siempre le dije que sí.
Combatimos en una cama que no sé, y aunque nos miramos más de lo que nos besamos, nos sentimos más de lo que nos fingimos. Todo terminado en mos, solo que un poco mejor.
Ella era como todos los lugares que siempre había querido visitar, era todos los sitios juntos, era algo así como todos los paraísos de la tierra atrapados en una mujer, solo que un poco mejor.
Y nosotras, nosotras éramos ese lugar entre el cielo y el mar. El peor pronombre personal. La peor rima. La peor de todas las apuestas. Éramos una especie de agonía contra toda vida, éramos una especie de batalla contra todo tiempo, éramos como luchar sabiendo que moríamos enteras o en pedacitos.
Anochecía, todavía te esperaba.
Y lo único
que
necesité
fue
que
llegaras.
Me pediste saber de mí, y aunque me costó trabajo saberme, pude escribir:
Cuando descubrí que las palabras lastimaban más que los golpes, dejé de golpear y me dediqué a escribir. Todo gracias a un libro y a una carta; un libro que leí a escondidas de mi madre y una carta que le escribí cuando murió su madre y el amor de mi vida, la abuela.
Aprendí a llorar cuando a un doctor irreverente se le ocurrió darme una nalgada, me acostumbré a hacerlo como consecuencia de los regaños de mis padres cuando era niña y hoy que me siento grande, a veces tengo mares en las palmas de mis manos, la diferencia radica en que ahora ya no recibo nalgadas ni regaños, entonces el llanto tiene una evolución, y también un peso.
También, aprendí a respirar al tiempo que aprendí a llorar, pero puedo dejar de hacerlo cuando una mujer decide abandonarme. Es algo así como muertes pequeñitas, algo así como grandes decesos acumulados, algo así como medianos óbitos sin fin.
Ahora por fin entiendo que a mis cinco años no era tan incrédula como lo soy hoy, a los cinco años yo sabía que las cigüeñas no podían traer bebés a las casas pues no se me ocurría dónde podían conseguir las canastas esas tan pesadas. Hoy pienso que para volar solo tengo que pegarle tres alas a mi espalda y que para besar no necesito los labios.
Hace poco adquirí lo que hace mucho ya deseaba, compré una bodega grande pues nunca me conformé con la tonta idea de que la memoria es el mejor sitio de almacenamiento. Ahora tengo mucho espacio, pero pocas ganas de guardar cosas ahí, incluidos los recuerdos.
Bebo como si cada noche fuera a ser el fin del mundo y fumo como si me urgiera cáncer en el pecho. El que tengo a veces a causa del desamor aún no me basta.
Y del amor, pues vaya que no hay nada más recio como lo es el amor, nada más frágil, nada más interpretativo e informal. No hay sentimiento más rebuscado como lo es el amor, ni tan imperfecto, de otra manera no entiendo por qué se la pasa haciéndonos llorar.
Entendí que no importa la edad, el miedo a veces se siente más cuando tienes treinta y dos que cuando tienes seis, y caerte de la bicicleta es tan desgraciado como el mareo del primer cigarro.
También entendí que el amor más sincero se le hace a los libros y a las personas que no conocemos. Entendí que las distancias más grandes nada tienen que ver con la Geografía y que las manos que aún no sentimos son las que nos duelen más.
Así la edad, así las emociones, así los espacios, así las palabras, así el llanto, así el aire, así el dolor, así los vicios.
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hártatedemí Lo peor que puede suceder es que te suicides...
Si te digo que soy sicalíptica tendría que probarte que es verdad así que lo mejor será que pidas mi dirección y esperes a que te abra la puerta alguna patética imitación de mí.
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