En esta vida mía, no eres tú.

Llegó tocando a mi puerta buscando una noche de sexo desesperado.
Yo me había enamorado y en definitiva, no estaba para satisfacer deseos carnales a pesar de mi fanatismo por aquellos.
He traído buen vino, susurró como haciendo alusión a tiempos que ya habían pasado, al menos para mí. Sírveme entonces, dije haciendo alusión a todos mis tiempos. Se acercó hasta mí con el trago en mano. Ojo por ojo, me dijo acercando el líquido divino sin la más mínima intención de soltarlo. Búscame en otra vida donde tenga dientes y dame ese vaso, yo no te pedí que vinieras, le dije alargando mi mano con la absoluta intención de beberme todo el licor de un sorbete.
Me acerqué lentamente a ella, le desabotoné la blusa y su respiración se volvió agitada. Ese souvenir me lo había regalado mi madre y yo no sabía que ella lo tenía. Se lo quité de forma sugerente para después darme la vuelta y decir: ponte aquél abrigo que esta noche hace frío allá afuera.
Comenzó a hablarme de amor y yo aún podía advertir su miedo a decirme todo lo que tenía meses callando. Y yo, sentada (pues no podía mantener el equilibrio) me daba cuenta que ni siquiera había cenizas de lo que tuve con ella alguna vez.
Mis noches ya pertenecían a alguien más, en realidad mis días y los minutos de esos días y los segundos de esos minutos de esos días. El piso comenzó a llenarse de ropa interior color café y a decir verdad, los encajes me parecían ridículos.
Junté toda la sobriedad posible, le imploré a mi lengua no hacer de mi palabrerío un rompecabezas, exhalé y enseguida solté: cariño, no te voy a dar un buen discurso porque en primera no sé dar discursos y tampoco  te voy a expulsar de mi vida. Fielmente creo que sólo existe esta vida y nada más, olvida las puterías esas de las reencarnaciones y la vida que viene. Para mí eso no existe. La magia que los cuerpos revientan al hacer el amor y los momentos que son dignos de volverse inmortales, se guardan para una sola persona y en esta vida mía, no eres tú. Tu no tienes su nombre, mucho menos sus labios, ni siquiera se parece un poco tu voz, jamás tu piel tendrá su olor. En esta vída mía, no eres tú.
Pero tú (…) comenzó a articular cuando yo la interrumpí: yo tengo de vuelta mi prenda, unos diez mil tragos encima, una mujer desnuda en mi alcoba y nada más.
Y en realidad, no tenía nada más.

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