A veces las películas no son tan irreales, por supuesto muy pocas de ellas. Lo que es cierto, en algunos casos y cuando puedes soportarlo, es la aversión hacia el amor y el resentimiento hacia una vida en pareja. El corazón te queda tan atormentado y en pedacitos, que el miedo que sientes llega a ser mucho más grande que el Sol. Te resignas a no saber más a aquella persona que fue tuya y comienzas a canalizar tu altivez (solo si posees esos dotes) en personas cuyo atractivo te parezca provocador, sino nunca. Y justo este es el punto en el cual comienzas una colección de cuerpos, y tal vez de corazones; algunas veces sintiendo orgullo, pero la mayoría de ellas, sabiéndote deliciosamente abominable.
Alguna vez me dejaron una nota que yo no ansiaba leer, ni siquiera me percaté de ella sino hasta días después. La nota justificaba dulcemente la ausencia, ¡como si el estar ausente fuera cosa tan justificable!, ¡¿pero en qué nos hemos convertido?!
La nota decía que me había besado la frente, era algo así como un suplicio a un llamado posterior. Carajo, como si no tuviera más cuerpos con los cuales biengastar el mío.
Es obvio y definitivo, el entrar a una habitación con el corazón puesto y salir dejándolo en manos de alguien es lo más estúpido y puro que puede hacer una persona.
Tan infieles somos a nuestro instinto que a veces dejamos de invitar a alguien a nuestra alcoba por fidelidad a alguien más. Así se mezcla injustamente el amor con las pasiones adquiridas, con el deseo, con el nulo raciocinio. Qué injustos somos con nosotros mismos, ¡por Dios!
La subjetividad, tan consustancial a nosotros, nos inclina a entrar en una cuadratura de imperfecto criterio, y nos limita a sentir y/o a pensar, nos invita a encarcelarnos con todo el montonal de emociones a desbordar e incluso a restringirnos una dosis de placer incontrolable.
Y entonces lloramos. Lloramos por tener el espíritu grande grande como el Sol o tan pequeño que jamás se podría ver. Lloramos por desahogo, por desconsuelo, por despecho, por coraje, por no tener algo mejor que hacer. ¿De dónde se sacó eso de que también se llora por alegría, de los abuelos? Nos cuesta tanto trabajo definir las emociones, que confundimos un peso de encima con júbilo, que confundimos una entrada a un motel con una invitación a nuestra vida, que dejamos notas justificando ausencias para sentirnos más soportables.
Y así le damos vuelta al calendario, incluso cuando no te lleva a ningún lugar. Así lanzamos gritos hacia el Sur, así creemos que absolutamente nada sucede cuando se nos está escapando absolutamente todo entre las piernas de alguien más.

Algún día haré una historia en donde quepamos tú y yo. Una en donde nadie pueda sacarnos, nadie, ni siquiera tú.
En mi corto andar por la vida, he destacado la cobardía como un vicio cada vez más amenazante para la raza humana.
En verdad tenemos tanto pavor al riesgo, que preferimos cavar un hoyo en donde quepa cada uno de nuestros miedos con todo y nuestros cuerpos.
La primera vez que leí a Bukowski me enamoré de él. Lo mismo pasó contigo, pero de un modo algo distinto. Le leí muchas letras, muchos cuentos y muchos poemas, novelas y una que otra carta de amor quebrado, partido en dos, así como el tuyo y el mío.
Después me topé con un poema chiquito, no sé bien qué tan trabajado pero perfecto y en definitiva, de lo que más me gusta de él siendo tan cínico, tan ácido y tan atormentado. Se llama «Confesión». Ahí mismo le dice a su mujer lo que siempre temió decir, así como yo contigo. Está al final como excelso preludio a un amor inamovible, así como el nuestro.
Supe que te amaba cuando los hoyos en mi pecho eran (por mucho) más grandes que aquellos en donde son lanzadas la carne y las pasiones.
Y sí, también tenía miedo, a veces muy poco, a veces mucho, pero cuando te escuchaba no tenía nada, ni siquiera el más chiquito. Y era bonito.
Hasta la fecha no entiendo las partidas, entiendo más las despedidas: la cruda voz aprendiendo a decir «adiós», pero no, no entiendo ese andar de tu alguien alejándose de ti, ¿es justo?, ¿y si no es justo por qué entonces es posible?, ¿y si es posible por qué no puede convertirse en imposible si existen los antónimos?
Es cierto, las dudas que más me han alterado se hicieron más grandes y más pesadas cuando presentí que me dejarías, y aún así, comprendía. La explicación de los mayas o de la religión por ese asunto del fin del mundo puede esperar, también las revueltas en España, o la furia de mi padre por mi irresponsabilidad con su tarjeta de crédito, ¿qué me dices de la Tercera Guerra Mundial que está latente en todo continente?, ¿de los turcos en Alemania? Hablemos pues de los últimos avances científicos con respecto al SIDA, o de los bloques de Latinoamérica, de las elecciones en México para el año próximo, ¿sabías que hay más almas torcidas que niños en el mundo?
Y así me escapo a ratos, entrando en temas que comprenda un poco más porque entendí que cuando sabes de amor, entonces concibes de sobra que lo mejor es guardar silencio.
Todo lo que hervía dentro de mí forzosamente debía llevar un nombre, y si no era el tuyo entonces era amor, y viceversa. Viceversa eterna.
Si me arrepentía de algo, era de las veces que te había hecho llorar. No de ti, no de mi, nunca de nosotros.
Y mientras leías esa oración gestáltica, Freud me pedía dar un paso atrás.
Y es que tal vez solo te amo.
¿Cuándo hablas con Dios, le platicas de mí?
Estoy segura que mi madre diario le pregunta a mi padre, pero él no lo sabe.
Algún día te contaré la historia de mis padres y de cómo se destruyeron. Alguien la tiene que contar. Alguien sobrio y lleno de razón. Alguien que no sea yo.
Si bien es cierto, hay muchos tipos de personas: hay quienes nacen para estar juntas y lo están aunque sea poco tiempo, hay quienes se obstinan en estar juntas porque creen ciegamente haber nacido el uno para el otro, hay quienes saben de una manera inexplicablemente perfecta estar destinados el uno para el otro y jamás se encuentran, hay quienes se encuentran pero jamás podrán estar juntos, hay quienes no son correspondidos y aún sabiéndolo, deciden encontrar ahí su lugar, hay quienes son cobardes y no luchan por quedarse y también hay quienes se quedan solos. Y aunque en la magnitud de lo posible, estar solo (sin una pareja) sea una minoría, creo fielmente que la soledad es a veces más miserable si se vive en compañía.
Bien, mis padres pertenecen a los del primer tipo. El amor lo que provoca es la falta de raciocinio y es bastante claro que mis padres, en la inmensidad de su irracionalidad, se perdieron para siempre.
Ellos juraron ante ellos mismos, ante desconocidos, ante sus seres queridos y ante Dios, quererse toda la vida, respetarse y todas esas palabras sumergidas en un discurso absolutamente emocional. Ellos se conocieron hace 26 años, pero se amaban desde hace 67.
Mis padres se separaron hace algunos años y se divorciaron hace poco con el deseo de recuperar su estabilidad emocional, pero son ciegos, no se dan cuenta que la estabilidad sirve de muy poco cuando el añoro hacia el otro es casi tan inevitable como respirar, pero también son fuertes supresores de sus propios deseos. Sin duda, los humanos encontramos más lógica en nuestras contradicciones, ¿o no, padres míos?
Ellos, cuando vieron que ya no se tenían para destruirse, lo hicieron por separado: primero dejándose, luego obligándose a construirse lejos de ellos mismos.
Es por eso que a veces me conviene pensar, que entre más nos amamos más nos destruimos. Por supuesto, no siempre y no todos. Por supuesto, quienes hemos nacido con la incapacidad de comprender el amor.
Entonces, mis padres son un bonito ejemplo de dos personas que nacieron para estar juntas, pero que tienen una torpeza incomprensible para amar. Al menos me han regalado esta historia breve y con olor a dos. O se me han regalado ellos para que yo descubra en qué tipo de persona he de caer, y aunque sé que soy torpe también, pues seguro de ambos lo heredé, destruir nunca ha estado en mis planes, y supongo que a veces aunque no lo quieras e incluso así lo alejes con fuerza natural y especial, la destrucción es tan cosustancial al ser humano como la mentira, como la piel, como el corazón, como la finitud, como aquello que también le regalamos a quien creemos, nacieron para estar siempre con nosotros.
«Quítate el pantalón», me dijo. La cadencia de sus palabras combinaba perfecto con cada uno de sus movimientos. No existía ni la más minúscula duda: ella y yo hacíamos más fuego que la primavera. (Ciertamente, este pequeño párrafo debió ir en el ombligo de este texto, pero no fue así).
En nuestra primera cita, y ahora que lo pienso, la única y sin lugar a una pequeña duda, la mejor, me miraba como buscando algo siempre en mí. Algo algo; respuestas, paz o mirar nada más. Esa tarde, y ahora que lo pienso, la tarde de ayer, (claro, sigue siendo nuestra primera y única cita imbécil, por atención), casi en forma de suplicio le manifesté mi deseo de fotografiarla para que así pudiese ver cómo la miraba yo, y con la libertad, dulzura y coqueteo más puro y que puede habitar en una mujer, me dijo «también podemos dormir juntas».
Hablamos, mucho tiempo hablamos. Las palabras más racionales de todos los tiempos salían de sus labios, más confieso, que un par de ocasiones me dediqué a verla y me volví sorda. La cadencia de sus palabras combinaba perfecto con cada uno de mis sentidos.
Es verdad, mi nulo interés por los astros era lo único que no nos combinaba, ni a ella siendo libra, ni a mí siendo escorpión. Pero no importaba, las sábanas habían sido perfecto universo y ella y yo la pareja ideal en una constelación. No existía ni la más imperceptible duda: habíamos sido la mejor composición, ¿pero sabes? ella siempre mejor que yo.
Se acercaba el amanecer. ¿A quién se le ocurre que una no puede enamorarse habiendo pasado tan solo unos minutos en un café, en una cama, en una calle, en unos ojos?
Por primera vez la huída era mutua, la vivíamos con maravilloso detalle y naturalidad. No existía ni la más mínima duda: éramos como dos ríos cargando una eterna búsqueda hacia el mar. Nos separamos sin promesas y con firme libertad. Había claridad pero también desconsuelo.
No existía ni la más mínima duda: ella había navegado en mi mar y yo había anclado en su puerto.
Cuando niña, mi abuela materna me juró que si miraba al cielo cada que tuviese ganas de llorar, estas mismas se esfumarían al instante. Durante años lo intenté (por supuesto, siempre en vano), pero nunca dudé de mi vieja sabia. Pensaba que seguramente el cielo estaba haciendo algo mal o yo tenía que mirar más alto o más profundo.
Recuerdo haber mirado durante horas enteras ese caminar eterno de las nubes mientras yo pedía que me arrebatara las lágrimas cuando mi vieja sabia murió; nunca sucedió. Recuerdo haber buscado el reencuentro de mis padres en lo profundo del azul; nunca sucedió. Recuerdo haber implorado paz a ese lugar donde se alberga la lluvia cuando una mujer me abandonó; nunca sucedió.
Ayer, aún sabiendo que no encontraría mi respuesta en el cielo, no me importó mirarle sin descanso; grité, busqué, imploré. Anhelar personas que se han ido para siempre es parte de un adiós no consumado, de un combate lleno de pausas, de una resignación forzada. Y yo anhelaba, con cada silencio anhelaba.
Entonces comprendía que nada mejor que la vida como preludio de la muerte. Nada mejor que el gateo como preludio del vuelo. Nada mejor que las ganas como preludio de un incendio. Nada mejor que una mujer como preludio de la locura.
Tengo tantas respuestas que escuchar y tantas preguntas por exigir, que si algún día llego a tener nietos, haré que me acaricien las arrugas de las manos, que escuchen hasta el amanecer lo cansado de mi voz. Les exigiré libertad al caminar y alas más grandes que las que tuve yo, les revelaré que los dragones nunca han sido ficción, que las ciudades olvidadas son como cicatrices en el alma, que al viento no le importa si va para el Norte o para el Sur, que las ilusiones se rompen como los jarrones, que si miran al cielo nunca dejarán de llorar ni me encontrarán ahí, ni les dará consuelo, pero sabrán todo sobre inmensidad. Les diré que alguna vez conocí el mar en los ojos de una mujer y que el amor es como una carta a esa paloma mensajera que tal vez perdió la dirección.
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hártatedemí Lo peor que puede suceder es que te suicides...
Si te digo que soy sicalíptica tendría que probarte que es verdad así que lo mejor será que pidas mi dirección y esperes a que te abra la puerta alguna patética imitación de mí.
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