Cuando visito Chimalhuacán, el municipio mexiquense en el que viví 25 años, me pongo triste al ver que hay zonas prácticamente iguales: no sólo sin pavimento o drenaje, sino con una violencia social que asustaría a quienes se impresionan de lo que publican los medios.
Tenía cinco años de edad cuando asesinaron al amigo de uno de mis primos; 11 años, cuando la noticia que impactó a la colonia fue la ejecución de toda una familia que vendía droga… y así, los actos de violencia extrema no se han detenido en algunas de sus colonias.
Si le dijera que por 1999 me sorprendí cuando me enteré que varios equipos de futbol iniciaron su partido, con un cuerpo colgado de un árbol en los sembradíos del Cerro de Las Palomas, sí exactamente en donde entrenaba Noé Hernández, medallista olímpico.
Todavía hace un año, a un amigo muy cercano le robaron, con pistola en mano su auto. Recuerdo la impotencia al platicarme cómo llevaba a su hijo de tres años en la pierna y la pistola apuntándole a la cabeza.
Hasta la fecha, la violencia se da de manera cotidiana en las colonias de Chimalhuacán, por donde no pasa la policía, y algunos dirían, “es mejor que no pase, así estamos más seguros”.
Ver a Enrique Peña Nieto hablar de sus logros como gobernador me provoca molestia, pues desde que yo conocí Chimalhuacán, a los cinco años, he visto cómo la violencia y la pobreza crecen, mientras los gobernadores desfilan pregonando avances: Alfredo del Mazo, Ignacio Pichardo, Ramón Beteta, Emilio Chuayfet, César Camacho…
@chimalhuacano
