Archive for trabajo

el miedo

Hace unos meses vi un documental sobre el fotógrafo de guerra James Natchwey. Su vocación, que afortunadamente para él confluye con su profesión, lo ha llevado a estar expuesto a muchas situaciones que a cualquier mortal podrían causarle terror. Cuando en el documental le preguntan por el miedo, él responde lo siguiente:

“El miedo no es lo importante. Lo importante es cómo lo manejas. Hacerme esa pregunta es lo mismo que preguntarle a un maratonista si ha sentido dolor. Lo que importa no es lo que sientes, sino cómo lo enfrentas. Le podría pasar a cualquiera, en cualquier minuto. Sabemos que es una posibilidad. Cuando salimos, todos los días, es lo que enfrentamos: viene con el territorio, es parte del trabajo y lo sabemos desde el principio. Pero nadie se autocompadece. Es sólo parte de”.

Natchwey me deja ver que los peligros más corrientes son iguales. Que lo único que hace falta es reconocerlos y vivir con ellos, junto a ellos, como una parte más de lo que es nuestra vida.

Frustración

Me he dado cuenta de que muchos distribuyen a las personas en dos grupos: los que tienen tolerancia a la frustración y los que no. A veces pienso que estoy entre las primeras y, otras, entre las segundas. ¿Cómo saberlo con certeza? Me imagino que la catalogación tiene que ver como el grado de predicción sobre las actitudes que tendrá un individuo X frente a una situación que lo frustre. Por ejemplo, cómo actúa si su novia lo deja, si lo despiden del trabajo, si fracasa consecutivamente en cumplir una de sus metas.

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Los tontos del trabajo

Como los hombres no son muy dados a confesarse en público, Enrique me escribió a filosofadesupermercado@gmail.com contándome su historia. Como es larga, se las resumo: trabaja en una oficina de arquitectos y constantemente percibe la envidia de uno de sus compañeros, que mira en menos (ningunea, decimos en Chile) sus labores e ideas y lo deja mal delante de los jefes. Según Enrique, esto comenzó desde que pisó la oficina: el otro tipo se llama igual, así que le sugirió que se presentara por su segundo nombre. Esa onda. “Cada vez que  me lo topo en la oficina, lo primero que se me cruza por la mente es tomar el teclado y rompérselo en la cabeza, a ver si se le pasa lo estúpido. ¿Alguna idea genial para zafarme de este imbécil?”, me planteó.

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