mi amiga, la muerte

No se puede rechazar la evidencia de la muerte. No se puede olvidar un cuerpo sin alma, tendido rígido y frío ante la mirada de uno. No se puede más que llorar al tocar la piel de a quien queremos y que ya no nos responde con una caricia.

La muerte está ahí, permanente, inmóvil, exacta, programada. Está en mi recuerdo de ver el ataúd de un abuelo que nunca conocí, a los tres años. Está en mis dedos que han vestido a familiares. En mi nariz que se ha visto sofocada por el aroma de las flores dentro de una iglesia una tarde de marzo. En mis ojos que lloraron sin descanso una medianoche de julio.

Lidiar con ella es un ritual que he ido aprendiendo en mis treinta y tantos. Paso a paso, sé que hay que ir despidiéndose. Siento cuando viene y cuánto hay que respetar su llegada. Eso no quita ni la pena ni la rabia. Pero ayuda a no quedarse con cuentas pendientes. Cuando se les acerque la muerte, no la enfrenten, no la peleen, solo recíbanla y aprovechen el tiempo que a veces permite. Dejen ir, permitan la paz y la tranquilidad. No retengan.

La muerte es la compañera de la vida.