Cuando tenía 9 años, tuve una profesora de castellano que me marcó con las historias que nos contaba. No eran de ficción, sino que de su vida real.
Una vez, sentada mirándonos a todos, comenzó a hablarnos sobre lo difícil que había sido para ella embarazarse y de las muchas pérdidas que tuvo. Nos explicó con detalle cómo un día fue al baño y vio en el excusado flotar el cuerpo de dos nonatos que tenía sobre sus cabezas mechones pelirrojos. Describió su dolor físico y emocional. Nos transmitió las horas de llanto y de incredulidad que la rodearon.
Hay personas que cuando emiten palabras, lo están haciendo para sí mismas. Se les olvida quién es su público, a quién le dejarán esa parte suya. A los 9 años, nadie es capaz de entender en toda su dimensión la historia de mi profesora. Quizás ni a los 30. Antes de hablar, no olviden que por algo uno lo hace en voz alta, que no es un monólogo, sino que un diálogo, una conversación. Antes de hablar, piensen, aunque sea mínimamente, en el otro.
