todas queremos ser reinas (y reyes)

“Tú serás mi rey si yo soy tu reina”, le dije implícitamente a mi marido, cuando recién empezábamos a conocernos, y mucho más explícitamente después. El amor, para mí, se trata de eso. De no andar fingiendo y acomodándose a costa de sacrificios. De ser como a uno le salga respetando siempre al otro.

Cuando la princesa le da el beso al sapo y lo convierte en príncipe, lo pone en igualdad de condiciones. Con ese beso le dice: “está bien, no te arrastres más, no comas moscas, ven a estar conmigo”. Y la rana-príncipe acepta a su princesa y futura reina.

¿Qué es esto de ser reinas? Les explico a los que no captan el concepto. Significa ser la más linda, la más inteligente, la más sexy, la más importante. La única, la venerada, la sagrada, la inigualada. Significa ser un cristal en un cojín de terciopelo que hay que transportar con cuidado para que no vaya a caerse. Una rosa, diría El Principito.

Obviamente, el término rey se aplica para los integrantes masculinos de las parejas y agrupa todas las anteriores implicancias ya descritas.

A una reina -o a un rey- uno no la trata como a su hermana-amiga-roommate-madre-colega. NO. A una reina, aunque tamaños sean sus errores, feroces sus pataletas, impulsivas sus furias, uno sigue tratándola como lo que es: el ser que más respetamos y amamos en el mundo. Somos incondicionales a ella.

Cuando uno se da cuenta de que ya no puede tratar ni respetar de ese modo o cuando no se siente por el otro tal amor, el riesgo de que no te cuiden igual de vuelta es mayúsculo. Y la verdad… no sé si vale la pena. Los amores cobardes no llegan ni amores ni a historias, se quedan ahí. Los amores a medias, plebeyos, tampoco.