secretos

Y ustedes, ¿se han callado muchas cosas? ¿Se han quedado dormidos y han despertado asustados de que alguien sepa qué es lo que hay en su cabeza mientras sueñan? ¿Tienen un secreto?

Hay un dicho famosísimo que dice “Secretos de dos, no son de Dios”. ¿Y los de a uno? ¿Lo son? Habría que preguntarle al de arriba.

Cuando uno esconde algo, te persigue. Lo recuerdas, lo encuentras aunque no lo busques, lo lees. El acoso hace sentir miedo. Y las palabras más calladas se quedan.

A veces lo único que queda es contar. Pero no a cualquiera, sino a quien uno sabe que le importaría saber ese secreto. Al más crítico, a quien le duela más. ¿Para qué? No para hacerlo sufrir, ni para limpiar la conciencia, sino para saber si nos acepta como somos. Con secretos, con errores, con temores y sufrimientos, pero con ganas de que nos perdonen una y otra vez. De que nos abracen y no nos suelten, de confiar infinitamente y dejarnos caer seguros de que nos levantarán.

Secretos. Cuesta guardarlos, pero mucho más, contarlos.