madres y males

Las cosas se pusieron mal y por eso me desaparecí tantos días. Hubo momentos de angustia, de neura, de pena. De optimismo exacerbado y de depresión exagerada.

Lo que pasó, le pasa a todo el mundo. Sólo que para mí fue la primera vez. Y fue tarde. ¡A esta edad que se me venga a enfermar la mamá! Yo que vivía con ese temor latente de que ocurriera y me pilló tan desprevenida como si nunca me lo hubiese imaginado.

Hay lados de uno que van quedando inmaduros. Están cuidadosamente dejados de lado en nuestro camino. Sigilosos, se van transformando en gigantescas bolas de nieve que en el momento más inoportuno nos revientan en la cabeza. Traté de sacudirme esa agua blanca de los ojos. Fui lenta. Me sacudí la ropa. Ya estaba mojada. Pero un día después, vi con más claridad todo. Cuando se trata de la madre, uno es siempre un niño de dos o tres años. Yo me aferraba a sus piernas y escondía mi cabeza en ellas. Me colgaba de sus bolsos y se los rompía, me comía sus collares. Y se me partió el corazón la primera vez que la vi llorar.

Todavía estoy ahí. Aunque la critico y me enojo con ella. Aunque no le haga caso y vivamos en casas distintas.

No soy más que su hija cuando se trata de mi mamá. Y el rastro que ella ha dejado en mí es un tatuaje tan visible como invaluable.

No hay enfermedad ni muerte que nos separe.