gente difícil

Hay días en que uno anda de lo más bien. Estás haciendo tu trabajo tranquilamente, pensando que nada te sorprenderá y que la tarde terminará con un happy hour en el bar favorito, con los amigos de siempre. Te quedarás dormido plácidamente. Ojalá los días fueran así de perfectos. Pero, claro, existen las personas.

Es cierto que no siempre los otros son una molestia, que hay almas caritativas y bellos seres que nos dan alegría, paz y amor… Siendo realistas, esas hadas madrinas terrenales no abundan. Y la vida cotidiana-laboral-social nos hace toparnos con gente difícil, de esas que debieran venir con un rótulo pegado en la frente que dijera “No molestar”, “Cuidado con el perro”, “Yo puedo provocar cáncer”.

Los peligrosos provocan daño. Uno va de inocente por la vida, desprevenido y zás, te dejan mordiendo el polvo en un pestañeo: les molestó lo que dijiste, preguntaste, pensaste o cómo respiraste. Le dieron un significado inesperado a la conversación que tuvieron contigo, ven en todo una traición a sus principios, a su persona, a la ley, a lo que sea. Y uno, que no mata ni moscas, se encuentra en una situación agresiva que desarma y provoca angustia.

He conocido muchos difíciles, como se les dice diplomáticamente a las personas que reaccionan de ese modo. Con muy pocos he logrado mantener una relación en el tiempo, porque a la primera que me cortan el teléfono o me insultan, suelo darme media vuelta y no dirigirles la palabra nunca más. Hay otras veces en que no queda salida: por más que uno deteste a ese peligroso, seguirá siendo tu jefe, tu hermano, tu padre, tu cuñado, tu suegro o sus versiones femeninas. Mi consejo es dejar que el episodio ocurra y no decir nada. Los difíciles muchas veces son impulsivos y al poco tiempo se darán cuenta (o alguien cercano les dirá que se equivocaron) y se arrepentirán. Y aunque no pidan disculpas, bajarán la guardia y ahí es cuando uno puede rayar la cancha.

Mi consejo es que frente a quien sospechen que puede ser difícil se resguarden: si es alguien con quien trabajen, manden todo por mail y además con copia a otro a quien le tengan confianza del equipo de trabajo. Si es de la familia, aprendar a saber cuándo se viene el vendaval y escapen a tiempo: suspendan citas, no vayan a cumpleaños. No se trata de esconderse sino de no exponerse. Y si es un desconocido,  no le den importancia, que así como de repente a uno lo pilla un aguacero, un peligroso se te puede cruzar en el camino y luego evaporarse.