Algunos cruzan los dedos. Otros hacen un nudo en alguna vestimenta y lo golpean contra algo repitiendo: “pilato, pilato, si no me gano la lotería no te desato”. Muchos rezan, prenden velas, le piden a sus muertos. Y los menos o los más -se los dejo a su criterio- hacen mandas, a veces ante una virgen o un santo, y otras ante sí mismos.
Las mandas son promesas que uno debe cumplir para lograr un anhelo. Puede ser que se paguen antes o después de que el deseo se haga realidad. Tengo una amiga, por ejemplo, que cada vez que necesita frente a una situación trascendental una ayudita extra, se promete no comer más chocolate. Y lo hace. Y no hay cómo hacerla cambiar de opinión.
Esos pequeños sacrificios cotidianos requieren mucha fuerza de voluntad, pero también mucha determinación y claridad respecto de cuáles son los objetivos que nos hacen dejar de lado cosas que nos gustan, que nos hacen felices, que nos dejan tranquilos. Es decirse a sí mismo: quiero cumplir mi sueño y si eso me cuesta rasmillones en las rodillas, síndrome de abstinencia de nicotina, dolor de muelas o perderme el placer más grande que tengo en la vida, valdrá la pena.
Deseos así, hay pocos. Modos de restringirse hay muchos. Pero les advierto que hay que tener una personalidad que aguante estos retos. A mí ni siquiera se me ocurre de qué podría privarme. Se trata de disciplina, de persistencia, de visualizar la meta. De tener la cabeza fría y el largo plazo como una posibilidad. De disponer de esa paciencia que solo poseen algunos y que les permite levantarse una y otra vez para seguir avanzando por el mismo camino, sin perder en ni un minuto la ruta.
Las mandas y los sacrificios son admirables, siempre y cuando se tenga en cuenta que el esfuerzo no necesariamente será pagado. Aunque al ver las ofrendas que les dejan a algunos santos y las postergaciones de las que he escuchado, me da la impresión de que sí, que el tanto desear algo, aumenta las probabilidades de que ocurra.
