la maldita paciencia

Es maldita porque cuando es necesaria, es esquiva. No cae del cielo, no se educa, no se siente como primer impulso. Maldita porque es el consejo sabio que todo el mundo da frente a la mayoría de los problemas. Maldita porque por más que uno se repita a sí mismo “tengo que tener paciencia” como un mantra, eso aumenta la ansiedad y se pierden aún más los estribos.

Y claro, lo peor, es que uno sabe que cuando hay que tener paciencia es porque no pasarán ni uno, ni diez minutos, ni siquiera serán solo horas. Probablemente con suerte sean días, meses, tal vez años.

A mí entender la paciencia y también la impaciencia, van en directa proporción a la importancia que tenga para cada cual el hecho que nos causa ansiedad y al nivel de control o descontrol que tengamos sobre el mismo. Es decir, no tan importante=más control=más paciencia y viceversa.

Sin embargo, debiera haber una variación en esta fórmula: muy importante=buscar control=más paciencia. Así tendría que funcionar. ¿Cómo buscar el control en lo que precisamente nos descontrola? Hay que ver qué acciones se pueden tomar. Y preguntarse ¿qué es lo que realmente puedo hacer respecto de esto para propiciar que ocurra? A veces, solamente nos queda hacer caso a Cerati en eso de que “el silencio no es tiempo perdido” y callar, estáticos. Otras patalear, las menos olvidar.

Mi único consejo (que va también para mí) es que no pierdan de vista el objetivo y su recompensa:  eso es lo que fortalece la paciencia.