Frustración

Me he dado cuenta de que muchos distribuyen a las personas en dos grupos: los que tienen tolerancia a la frustración y los que no. A veces pienso que estoy entre las primeras y, otras, entre las segundas. ¿Cómo saberlo con certeza? Me imagino que la catalogación tiene que ver como el grado de predicción sobre las actitudes que tendrá un individuo X frente a una situación que lo frustre. Por ejemplo, cómo actúa si su novia lo deja, si lo despiden del trabajo, si fracasa consecutivamente en cumplir una de sus metas.

Después de una charla sobre proactividad a la que asistí logré comprender que la tolerancia a la frustración no tiene que ver con no sentir frustración, ira, pena, ansiedad y el sinfín de sentimientos que se les ocurran, cuando no conseguimos nuestros objetivos. Más bien, se trata de sentir todo eso, pero no dejar que las emociones nos desborden y nos lleven a tomar malas decisiones. Sigamos los mismo ejemplos: si al individuo X lo dejó su novia, él la llamará incansablemente hasta convencerla de que lo escuche, se tirará por un balcón, caerá en una tras otra botella del licor que más le guste. Si lo despiden de su trabajo, se gastará toda la indemnización, le quebrará el computador en la cabeza a su jefe, sacudirá al jefe de personal para que le suelte alguna explicación. Ninguna de estas actitudes demuestra tolerancia a la frustración.

Según lo que entiendo yo, la tolerancia a la frustración consiste en tratar de salir de los golpes que nos da la vida con nuestras mejores herramientas. Con optimismo para los que lo tienen, inteligencia, sensibilidad y, lo principal, con un reconocimiento de quiénes somos y de las causas que nos llevaran a que  ocurriese lo que ocurrió. Eso sí, no se pongan autoflagelantes, ni exigentes, los primeros que tienen que acogerse son ustedes mismos.