Agua con azúcar

Es invierno en Chile. Y hace frío. Acá en Santiago, no tanto como el de los países nórdicos ni como en las zonas más cercanas a la Antártica. Pero es frío igual.

Para enfrentarlo, me enfundo en muchas capas de ropa: panties, dos pares de calcetines, dos camisetas, otra más que se vea linda, algo de lana gruesa para rematar la tenida, junto con unos botines y el infaltable abrigo. En invierno, esa cantidad de ropa, me hace ver más flaca. Contradictorio, ¿verdad? Me da la sensación de estar oculta y protegida. Soy pudorosa.

Pero las dietas femeninas y masculinas, porque de ellas no se escapa nadie, continúan. Invierno, verano, otoño, primavera. Son una especie de ritual de autoexigencia y de vanidad que se mantiene por años, pase lo que pase. Quiero excluir de aquí las dietas que son por salud, obviamente.

¿Por qué será que hay periodos en los que comemos tanto y otros en los que lo único que queremos es revertir los efectos del abuso? Algunos dicen que es ansiedad, otros, malos hábitos alimenticios. El problema es que muchas veces la gente opta por ponerse a dieta cuando se siente triste -sí, los problemas de cualquier índole atacan la autoestima- y le suman otra exigencia más a su vida.

Por lo que he leído, el placer que provoca la comida hace que nos mantengamos calmados y en una especie de éxtasis por unos instantes. Por eso a la gente que llora y llora le dan un vaso de agua con azúcar. De vez en cuando, no hace mal. Pero con cuidado de no exagerar para que después el problema no sea, de nuevo, adelgazar. Creo que el placer de comer nunca debe eliminarse por completo y remplazarse por lechugas y agua. Creo que uno tampoco puede aspirar a tener cuerpo modelo a punta de privaciones. Creo que sea la época que sea, hay que quererse y eso implica darse cariños con comida, masajes o lo que sea que les guste.