Me pueden decir que no, que la corte, que cómo puedo ponerme tan pesimista, que no valoro la historia, que si acaso no estoy contenta de algunos grandes acontecimientos que marcaron mi vida. Y, sí, lo puedo aceptar, en parte. Pero seamos honestos… andar mirando al pasado con nostalgia y lloriqueos nos hace perder la posibilidad de pensar que el futuro puede ser mejor.
Las historias que conozco, incluso la mía, tienen que ver con vuelcos, con percatarse en un momento crítico de que efectivamente lo que estamos viviendo o lo que hemos vivido no es lo mejor que nos puede pasar. Ese momento catártico en que nos damos cuenta de que todo puede mejorar, que podemos cambiarlo, que depende de nosotros mismos borrar las ataduras que nos impiden ser plenos y felices.
Es verdad. Cuesta mucho soltar. Arrastramos relaciones (amorosas, laborales, familiares, amistosas), seguimos insistiendo en ellas, nos damos vueltas, rogamos, tratamos de solucionar lo que no tiene arreglo. No estoy diciendo que haya que tirar todo por la borda, saltar sin paracaidas, meterse en una balacera sin chaleco antibalas. No. Lo que quiero decir es que cuando constantemente las cosas salen mal, debemos aprender a rendirnos, guardar las armas, trazar un nuevo camino, uno que tenga que ver con lo que nos hace felices.
Entender que todo tiempo pasado fue peor toma tiempo. Quizás años. Pero la satisfacción de estar feliz recorriendo el presente permanece sólida por mucho más.
Así que mis estimad@s, tod@s aquell@s que andan por ahí tratando de salir de ese pantano de angustia, ármense de valor y atrévanse a soñar con lo que realmente quieren. De ahí en adelante, ser dueño del propio destino es mucho más fácil.
Y recuerden: Escriban a filosofadesupermercado@gmail.com, ¡una amiga en su camino!
