Buenos contra malos; bonitos contra feos; indios contra vaqueros… De alguna forma contradictoria y rara, somos incapaces –o por lo menos, renuentes– a poder ver las cosas (chiquitas, medianas o grandes) y situaciones (fáciles o sencillas) con tonalidades intermedias, tal y como hacen nuestros amigos los canes, que ven todo en blanco y negro.
Honduras no es la excepción. Un golpe de Estado y el “golpeado” automáticamente se convierte en víctima. En este caso, en particular, Manuel Zelaya –”Mel”, pa’ los cuates, como el venezolano Hugo Chávez–.
A Zelaya le pasó lo contrario a lo que a la mayoría de los activistas políticos: una vez en el poder, se pasó de la derecha a la izquierda. Tan bien le sentó el “cambiecito”, que en lugar de resignarse a despedirse de la investidura en 2010, busco, por todos los medios, la manera de abrir una ventana a la esperanza de poderse reelegir. Total, la tenía fácil: sólo tenía que reformar la Constitución de su país, para lo que buscaría el apoyo del pueblo, a través de un plebiscito, la famosa “cuarta casilla”.
Sin embargo, no contaba con la astucia del Tribunal Supremo Electoral que le dijo “no”; ni con que la Fiscalía General, igualmente, lo despacharía; después la Corte Suprema de Justicia también le hirió con su desprecio; y, finalmente el Congreso también echaba para atrás a su propuesta (ups!). Entonces hizo lo que cualquier político que se precie de progresista de la izquierda (latinoamericana) haría. Se aferró.
Como el Jefe del Estado Mayor Conjunto de las fuerzas armadas, general Romeo Vásquez, se negó a repartir las boletas del plebiscito, pues lo despidió. Acto seguido, el Ministro de Defensa renunció.
Lo siguiente que supimos es que los militares habían irrumpido a la residencia oficial, arrestaron a “Mel” y éste habría viajado a Costa Rica. Ahora “Mel” es la víctima.
The Wall Street Journal calificó el golpe de “extrañamente democrático”. Y es que, “extrañamente”, las fuerzas militares entregaron de inmediato la dirección del país al presidente del Parlamento, Roberto Micheletti, quien, recientemente, dijo estar dispuesto a adelantar las elecciones presidenciales –que se celebrarían el próximo noviembre–, para restablecer la estabilidad lo antes posible.
Ahora bien, los golpistas tampoco son una perita en dulce. En los 11 días que llevan al frente de Honduras, han cerrado o bloqueado medios de comunicación (auch!!); reprimido violentamente manifestantes; y el peor de sus pecados, haber perdido las formas y deponer a su presidente, Zelaya, quien antes de la afrenta tocaba el piso de la popularidad, con apenas 30% de aprobación (de los más bajos del mundo occidental).
En fin, hoy llega a Honduras el chileno José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, a intentar… intentar… pues veremos qué, porque, según él, no va a negociar, ¿entonces a qué va?
El suceso duele por diversos motivos, pero, principalmente, por vanidad. ¿Como en el mundo occidental, bajo la lupa de tantas organizaciones puede suceder algo así? Fuera África, bueno, allá hay uno cada 15 minutos.
El golpe de Estado en Honduras es una astilla en la mano, que habrá que extirpar, ya sea con salivita o con intervención quirúrgica (con o sin anestesia).
PD:
Por cierto, creo que Chávez ya puso sus barbas a remojar.