Israel no cambia, pero el mundo lo hace

¿Cómo definirías a un terrorista? ¿Ataca a otros sin otro objetivo que infringir el caos? ¿Ataca a los débiles e inocentes? ¿Impone su forma de ver las cosas, aunque para ello se impliquen las vías violentas? ¿Cómo?

Si has asentado en las preguntas anteriores. ¿Entonces eso significaría que Israel es un Estado terrorista? Tengo mil 300 razones que dicen que sí.

Fueron mil 300 los palestinos (en su inmensa mayoría civiles; y de estos alrededor del 40% mujeres y niños) los que perdieron la vida en el último ataque de gran envergadura de Israel hacia la Franja de Gaza, a finales de 2008 y principios de 2009.
Israel ha sido, históricamente, el hijo putativo de Estados Unidos, quien le solapa sus actos terroristas y el único que le compraba el termino aquel de “en defensa propia”, con el que Israel siempre se escuda.
Israel sigue siendo el mismo país violento, cuyos soldados utilizan los pequeños tanques de agua de las casas palestinas como tiro al blanco, “sólo para contrarrestar la monotonía”, dijo un militar judío a la organización Amnistía Internacional.
Israel continúa siendo aquel que mantiene un muro para encerrar a los palestinos en una ratonera, sin los servicios necesarias y en permanente blanco de “la monotonía” israelí.
Israel sigue siendo aquel que metro a metro se come el territorio palestino con sus edificaciones, cuya construcción ha sido llamada a detenerse por todos los entes internacionales.
Israel continúa siendo aquel que obliga a sus vecinos a vivir en condiciones infrahumanas y sale a gritar “¡defensa propia!” antes de perpetrar los peores ataques. ¿Defensa propia? Eso debió haber dicho la escopeta al zorro.
Sin embargo, hay algo que ha cambiado. Estados Unidos ya no da ese manotazo para solapar a su hijo putativo, que más bien ahora comienza a criticar e intentar ponerle un alto.
Quizá no es aún demasiado tarde.

A Jacobo, que cuando le pregunté de dónde era dijo: “Soy israelí, pero no es mi culpa. Perdón, perdón, perdón por todo lo que hacemos”.