Correa, un estadista con la lengua suelta

Enterrada queda la idea de que Quito (Ecuador) era una ciudad pequeña. Esta ciudad de 47 km de largo y 7 km de ancho (“una salchicha”, describe atinadamente el conductor del primer taxi que abordo), cuenta con todas las comodidades de las grandes urbes, pero sin perder –aún- su calidez.

Contrario a lo que uno puede percibir a través de los cables de noticias de las agencias internacionales, nueve de cada 10 ecuatorianos (según yo) apoyan a su presidente, Rafael Correa. “Es un buen presidente, pero tiene la boca muy suelta”, así, en 10 palabras, Christian Llerena, compañero periodista en Ecuador, hace un análisis político completísimo del actual mandatario.

A cada persona que se atraviesa en mi camino, a lo largo de los día –que no son pocas, pues los quiteños son grandes y espontáneos conversadores­- le realizo la misma pregunta: “¿Qué opina del presidente Correa?”, quien sale airoso “por ancho margen” de la encuesta.

Los quiteños hacen mofa del “órale”, del “guey”, en cuanto conocen mi nacionalidad. Pero se asombran cuando les platico de las enormes comisiones bancarias existentes en nuestro país. “Aquí era igual, pero Correa lo quito. Ya no hay comisiones al ahorro. Y las tasas de interés por tarjeta de crédito no pasan del 10 ó 12%”, me explican. A lo que respondo, obvio para no decepcionar al respetable: “¡Órale!”.

De ahí se siguen a los privilegios que el mandatario ecuatoriano ha quitado a los militares y a la burguesía. “El deportivo del Banco Central es de lujo, pero se construyó con nuestros impuestos y no lo podíamos usar. Correa quito esos privilegios”, contesta Juan, taxista, quien ahora lleva al deportivo, de vez en vez, a toda su prole.

¿Medidas populistas? Quizá sí… O quizá no. Reducir los costos a los instrumentos bancarios incentiva el ahorro y el flujo de capital, ¿o entiendo mal? La eliminación de privilegios y lisonjas insultantes en un país de pobres, fomenta el ambiente de estabilidad y crea confianza en las instituciones, ¿cierto?

El mayor pecado de Correa –además de la boca suelta, como apunta Christian- es ser amigo del venezolano Hugo Chávez. Muchas cosas se perdonan en la política internacional: los ataques injustificados a otras naciones (Irak); la segregación y los muros (Palestina); incluso bombardear instalaciones de la ONU, seguida de su correspondiente indemnización (Israel) y hasta esclavizar a niños (África). Lo que sí es francamente insoportable son las malas compañías.

Claro que el “apuesto” líder (según las quiteñas fácilmente sonrojables) dista mucho de ser un santo. El año pasado, engañosamente, realizó una artimaña política, para “abandonar” el cargo y convocar a elecciones bajo una nueva constitución, la cual permitiría la reelección, cosa que no hubiera podido realizar de quedarse como mandatario elegido en 2007. Para no hacer el cuento largo, Correa ganó y ahora será el presidente de Ecuador hasta 2013, año en el que muy probablemente ganará la reelección, quedándose en la silla grande hasta el 2017.

Con todo y poco a poco, Correa se va descubriendo ante esta extranjera como un presidente, sino sabio, sí legítimo ante su pueblo. ¿Podremos los mexicanos decir lo mismo?

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