Al ver las impresionantes fotos de la catástrofe ocurrido en Haití, el corazón se estremece, porque sabemos que lo que las ruinas esconden una tragedia aun peor: los miles de cadáveres que deja el terremoto de 7 grados acontecido el pasado martes.
Lo cierto es que un temblor como este, muy probablemente, no hubiera provocado el daño que hizo a Haití (se hablan de 100 mil muertos) a una ciudad sísmica como Tokio, Japón, preparada para temblores como éste y más.
Pero la verdadera tragedia de Haití, quiero decir, la de fondo, no fue el terremoto sino la pobreza y el mal Gobierno que ha azotado a esta pequeña isla históricamente.
Haití, el país más pobre de América sufría, desde antes de este desastre natural, de hambre y enfermedades, tardará, según los cálculos más halagüeño, cinco años en recuperarse y eso si otra catástrofe no ocurre antes.
De sus ocho millones de habitantes, alrededor de tres millones se vio afectada por el sismo, es decir, casi el 40% de su población.
Por si fuera poco, la ayuda internacional tardó casi 48 horas en reaccionar y, peor aún, cuando finalmente comenzó a llegar a la isla, ésta no estaba preparada logísticamente para recibirla. Aviones cargados de alimentos, agua y medicinas no podían aterrizar y hacerle llegar su carga a aquéllos que desesperadamente la necesitaba.
Mientras tato, el temor a un nuevo terremoto –alimentado por las constantes réplicas- no permitía a aquellos que aún contaban con un techo dormir en sus hogares. Las calles haitianas se convirtieron en albergues de los vivos y los muertos.
Los hospitales, atiborrados de cadáveres y de gente herida, extendían su atención a las avenidas.
Este es Haití, la tragedia vivía aquí desde antes, es sólo que un terremoto la exhibió al mundo.
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