¿Un kilo de jitomate, dos de huevo y medio de marihuana? En Oakland, California, acaba de ser inaugurado el supermercado de la marihuana, con más de cuatro mil metros cuadrados dedicados, exclusivamente par la venta de la hierba, así como de las herramientas necesarias para su cultivo.
Su dueño, Dhar Mann, un joven de 25 años, cuenta con tantos seguidores como detractores. El punto aquí es que la polémica tienda no hace nada ilegal.
En California el consumo de marihuana para fines terapéuticos está perfectamente permitida y normada. Y no por moda, sino porque está científicamente comprobado que esta hierbita de distintivo aroma ayuda en el tratamiento reumatoide, así como para palear los intensos dolores del cáncer, entre otras cosas, sin ser tan agresivo para el resto del organismo como varios medicamentos.
La iGrow también brindará consultoría sobre cómo producir tu propio “Jardín de la alegría”, como tituló el director británico Nigel Cole su película que trata, precisamente, de como una mujer, al enviudar, descubre el jugoso negocio del cannabis.
Más allá de los aspectos moralinos, es hora de, al menos debatir, los beneficios de esta plantita –tan ampliamente probados en el mundo–, quitarnos los tapujos y aprovechar, al menos para la cuestión médica, las bondades de la marihuana, ya si te ríes… es cosa tuya.
Al ver las impresionantes fotos de la catástrofe ocurrido en Haití, el corazón se estremece, porque sabemos que lo que las ruinas esconden una tragedia aun peor: los miles de cadáveres que deja el terremoto de 7 grados acontecido el pasado martes.
Lo cierto es que un temblor como este, muy probablemente, no hubiera provocado el daño que hizo a Haití (se hablan de 100 mil muertos) a una ciudad sísmica como Tokio, Japón, preparada para temblores como éste y más.
Pero la verdadera tragedia de Haití, quiero decir, la de fondo, no fue el terremoto sino la pobreza y el mal Gobierno que ha azotado a esta pequeña isla históricamente.
Haití, el país más pobre de América sufría, desde antes de este desastre natural, de hambre y enfermedades, tardará, según los cálculos más halagüeño, cinco años en recuperarse y eso si otra catástrofe no ocurre antes.
De sus ocho millones de habitantes, alrededor de tres millones se vio afectada por el sismo, es decir, casi el 40% de su población.
Por si fuera poco, la ayuda internacional tardó casi 48 horas en reaccionar y, peor aún, cuando finalmente comenzó a llegar a la isla, ésta no estaba preparada logísticamente para recibirla. Aviones cargados de alimentos, agua y medicinas no podían aterrizar y hacerle llegar su carga a aquéllos que desesperadamente la necesitaba.
Mientras tato, el temor a un nuevo terremoto –alimentado por las constantes réplicas- no permitía a aquellos que aún contaban con un techo dormir en sus hogares. Las calles haitianas se convirtieron en albergues de los vivos y los muertos.
Los hospitales, atiborrados de cadáveres y de gente herida, extendían su atención a las avenidas.
Este es Haití, la tragedia vivía aquí desde antes, es sólo que un terremoto la exhibió al mundo.
Podrán poner cientos escáneres en aeropuertos; construir tres muros más (la frontera con México ya tiene el suyo, pero para los otros lados que les falta) y así, felizmente, vivir en una burbuja; también conseguirán entrenar a miles de soldados y perros (si es que a veces no actúan todos como animales) a los frentes de batalla; y, aún así, Estados Unidos jamás podrá sentirse a salvo.
Parecería imposible que al gigante de América se le pudiera escabullir un potencial terrorista en la lista de pasajeros de un avión que entrará en su territorio, pero así sucedió. Justo en el día de Navidad, un nigeriano de tan sólo 23 años y cuyo propio padre había alertado a fuerzas estadounidenses sobre los acercamientos de su hijo con Al Qaeda, Umar Farouk Abdulmutallab, tan tranquilo y campante se trepó a un avión en Ámsterdam, que lo trasladaría a Detroit. Fueron los pasajeros de la nave, quienes lo controlaron e impedieron que los explosivos que portaba Umar, no derivaran en la muerte de las 278 personas a bordo.
Ahora, Barack Obama sale a asumir la culpa (no podría hacer menos que el mismo Ordaz cuando el `68) del error. Para remediarlo, al menos en estética, EU pasará de tener 40 escáneres corporales -de esos que organizaciones defensoras de los derechos de los niños han salido a decir que violan los derechos de los infantes- a 300, con el fin de verles -literal- hasta los calzones a aquellos que osen entrar a su territorio.
Pero ¿cuántos países no existen con una seguridad mínima y no son atacados? ¿Será que los terroristas -y particularmente Al Qaeda- temen que naciones como El Salvador, Honduras o cualquier otro tengan un arma secreta infalible? Lo dudo. Y tampoco es que los extremistas busquen dinero que éstos no poseen, es simplemente que los Estados pobres no tienen para sobrevivir, menos para invadir otros países.
Si lo que busca Estados Unidos es la paz, debe empezar, entonces, por ahí mismo. Dando gestos de ello. Barack Obama ha desperdiciado una oportunidad única: la del presidente nuevo. Si en algún momento gozó del beneficio de la duda, de que cambiaría la política de George W. Bush, ahora esa oportunidad ha sido completamente desperdiciada.
Para los grupos extremitas, hay continuidad en Estados Unidos. Y para los liberales, también. En pocas palabras, Obama está quedando mal con dios y con el diablo y eso podría ser aún más peligroso que las políticas talibánicas de Bush. Se puede quedar solo. Una soledad política que le atará de pies y manos para hacer todas esas grandes reformas que ambcionaba y también una soledad mediática, cuando la opinión internacional -que parece es la más renuente a perder la fé en él- termine por decepcionarse de que aquel “I hope” de 2007.
Para Obama ha pasado sólo un año, pero quizá haya sido el más veloz e importante que ningún otro presidente estadounmidense haya tenido.
Y a todo esto, estos son los controvertidos escaners que se instalarán en los aeropuertos.
Periodista, desde hace algunos añitos. He colaborado con diversos medios, desde El Universal, pasando por el periódico de mi colonia, El Nuevo Excélsior y hasta Playboy, entre otros.
Actualmente, me encargo de editar la sección Mundo, de Publimetro, en donde, además, coordino desde México la central de noticias de Publimetro Internacional, el diario más GRANDE del mundo.