Aunque no lo pareciera, quizá el mayor ganador de la crisis por la que pasa hoy Honduras, sea aquel que hace cosa de tres meses plañera a los cuatro vientos haber sido víctima de un Golpe de Estado: el presidente depuesto Manuel Zelaya.
Así es, a base del escándalo y frases caudillescas –pareciera asesorado por la cantante (¿si es cantante) Lindsay Lohan o la socialité Paris Hilton (famosa por ser famosa), Zelaya se ha puesto a sí mismo en el mapa político. Y ahora resulta que un presidente que llegó al poder a través de la extrema derecha; que una vez en la presidencia, le hizo ojitos la izquierda y como “es de sabios cambiar de opinión”, pues se pasó al otro bando. Fue entonces que se hizo amiguísimo de su par venezolano, Hugo Chávez –quien, por cierto, se dice que financió la intentona de Zelaya por perpetuarse en el poder–.
Pero bueno, pasarse de un bando a otro no es delito, sino mera incongruencia y conveniencia. Lo pasadito vino cuando se subió a su macho –no era Chávez– y se aferró para que se instalara la mentada “cuarta urna”, en la cual los hondureños votarían a favor o en contra de su reelección.
Como las instituciones (Tribunal Supremo y Electoral, así como el Congreso) se negaron a acatar este berrinche, quiero decir, decisión del Ejecutivo. Pues Zelaya despidió a quien se le oponía, incluyendo al Ministro de Defensa, entonces, las Fuerzas Armadas hicieron lo que cualquier Ejército haría; dieron el golpazo. Lo curioso fue que, una vez Zelaya exportado a tierras ticas, entregaron el poder al presidente del Congreso –como dicta la Carta Magna hondureña–, es decir, a Roberto Micheletti, actual Presidente “de facto”, como dice la prensa.
Si bien el método golpista no es lo de hoy, o sea, está pasadito de moda. También hay que reconocer que Zelaya dista años luz de ser un héroe, una víctima y, mucho menos, un líder para el pueblo hondureño (antes de su derrocamiento sólo 1 de cada tres de sus gobernados lo consideraba “pasaderito”).
Pero en este mundo maniqueísta de indios contra vaqueros, forzosamente tiene que haber un bueno y un villano. Lo curioso es que, al más puro estilo televiso, la víctima siempre es la más golpeada, en este caso Zelaya.
Ahora tenemos a los principales actores internacionales demandando la restauración de “Mel” –como apodan Zelaya– en la presidencia de Honduras. Y él, para hacérselo más fácil, fue y se escabulló hasta Tegucigalpa, la capital -tras tres meses en el exilio-. Ahora despacha desde la embajada de Brasil, ubicada en esta ciudad.
Ahora y de repente, Zelaya es un personaje del momento y de la historia. De la nada, este desdibujado Vicente Fox hondureño (fiel incondicional a su sombrero y a sus botas) es recibido en las oficinas que jamás penso lo recibirían con tanto gusto (OEA, ONU, Obama y demás gobiernos de América Latina) y cuenta con los reflectores que ni en sus sueños más húmedos, algún día llegó a pensar que tendría.
La pregunta es: ¿ahora qué? ¿La mejor opción que tiene el pueblo hondureño, de verdad es Zelaya?
Micheletti ofrece dejar la presidencia si se adelantan las elecciones. O sea, salir con un presidente nuevo y democráticamente elegido. ¿Pero puede existir a demoracia en una nación bajo Estado de sitio?
Decenas han muerto, cientos han salido heridos, miles han marchado… ¿Para qué? El futuro de Honduras, de todas formas, parece condenado a la ruina.
Una vez reestablecida la paz (que confíemos así será…. Algún día). Las cuentas de las pérdidas, económicas y humanas, pasarán una larga factura, casi imposible de pagar por una nación con tan grandes y ancestrales problemas.
Honduras está arruinada, ¿qué tanto? Es la pregunta.
Cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia.