Elegir la adquisición de un producto u otro es lo mismo que votar, pero por cierta forma de hacer negocios.
¿A qué me refiero? Al adquirir cualquier bien o servicio, el consumidor entrega dinero a una compañía, el cual es empleado para volver a empezar un nuevo ciclo de producción al que se agregan las utilidades obtenidas durante el ciclo anterior.
De esta forma, las ganancias que se obtienen por nuestras decisiones de compra son usadas para fomentar prácticas que promueven la justicia social y la conservación ecológica o prácticas que dañan al medio ambiente y perpetúan condiciones laborales que van en contra de la dignidad humana.
Así, consumir no es únicamente satisfacer una necesidad o un deseo individual, es también colaborar para que sean posibles todos los procesos que generan el bien o servicio consumido, seamos conscientes o no de ello.
Si tomamos en cuenta lo anterior podremos apoyar a las empresas que actúan de manera responsable y enviar a las empresas que no siguen prácticas éticas el mensaje de que no consumiremos sus productos a menos que cambien su modo de actuar.
El costo de la responsabilidad
¿El consumo responsable es más caro? Quizá deberíamos formular la pregunta en sentido contrario: ¿no son los productos convencionales demasiado baratos?
La explotación intensiva de los recursos naturales genera grandes lotes de producción que llegan a nuestros mercados con precios muy bajos.
Por otro lado, al abaratar sus productos o servicios, las empresas muchas veces reducen la calidad del producto, lo que supone que pronto dejará de funcionar de forma óptima o tendremos que comprar otro artículo nuevo y al final pagaremos más.
Para conocer otras formas en las que el comercio puede impulsar el desarrollo visita el sitio de HSM Global.
