
Desde la invención de la fotografía el retrato ha sido un tema muy recurrente técnica y socialmente. En un principio sólo la gente de dinero podía posar frente a una cámara para inmortalizar su imagen. Con el paso del tiempo el retrato se fue haciendo más cercano a todas las clases sociales pasando a ser un arte un poco más democrático. Si damos un salto hasta nuestro días son innumerables la cantidad de retratos que se hacen a diario…los temas son inagotables: pobres, ricos, raros, anónimos, familia, amigos, etc. Pero al momento de “arrancarle” el alma a alguien con un retrato hay mucho que decir.
Algunos buscan conseguir con tan solo un retrato mostrar lo más profundo del alma de una persona. Tratan de arrancarle sus sentimientos, sus pensamientos. Yo opto por una técnica más primitiva: los impulsos que salen del estómago. No me refiero a esos impulsos prefabricados que se “amasan” en la cabeza hasta que den como resultado una idea espontáneamente trabajada, me refiero al “se pensó y se hizo”. ¿Por qué se hizo? Bueno, hay está lo primitivo.
Me resulta interesante encontrar, por casualidad quizás, en una persona eso que me quiero llevar…son cosas que dejan al descubierto solo por un momento. No es nada fácil, la frustración en una búsqueda como esa es mucho más probable que un retrato digno de premio.
Casi todos los retratos que he hecho y me han gustado han salido de la espontaneidad de un impulso y casi siempre sin pensarlo.
Así es, retratos estomacales.


