
¿Qué es lo primero que fotografiamos cuando vamos de viaje a un lugar desconocido para nosotros?
¿Será que nos concentramos en eso mismo, en lo desconocido?
¿De eso se tratará la fotografía?
¿Dirigimos nuestra cámara preferentemente a las cosas que nos producen extrañeza?
Todas estas preguntas me las hago porque en estos momentos me encuentro fuera de mi país, que conozco lo suficiente como para aventurarme, para fotografiar su “núcleo social”. Ahora estoy en Sao Paulo, Brasil. Hay muchas cosas y lugares que me gustaría fotografiar en esta ciudad… caminar sin rumbo por ahí buscando aquello que quisiera “llevarme”, pero pienso que, si no vivo acá, voy a llevarme sólo “rarezas” o cosas que en mi país no tengo. Quizás de eso se trate la fotografía. Esta no es una crítica al hecho de fotografiar lo poco común, sólo estoy planteando la hipótesis de que quizás siempre sea más atrayente lo desconocido.
¿A nuestra cámara interna le gustará lo desconocido?… quiero decir que me parece inconcebible el poder extraer la “médula” de una ciudad estando por un tiempo corto. Para poder conseguir aquella intimidad de un lugar siento que es necesario vivirlo por un tiempo… caminarlo, olerlo, meditar sobre lo que pasa. Don Manuel Álvarez Bravo, fotógrafo mexicano, dijo unos meses antes de su muerte, que él lamentaba no haber podido hacer más fotos en su ciudad, el Distrito Federal, en el que vivió toda su vida. Estas palabras de este gran maestro, al menos para mí, me marcaron desde el primer momento que las escuché: VIVIR LO QUE FOTOGRAFIAMOS. Y con esto no me refiero a pensar una imagen hasta el cansancio, me refiero a hacerla con toda conciencia del porqué nos mueve la fotografía y ese no es un proceso fácil de practicar. Deberíamos poder contar, sumar, juntar esas cosas que nos obsesionan para después hacer un catastro de motivaciones.

