
05 de junio del 2006
Invierno en Chile
Lluvia en el centro de Santiago
Mucha gente, caos…lo normal para la época, hora y lugar.
Una protesta estudiantil rompe abruptamente la rutina. Fuerzas especiales de carabineros, bombas lacrimógenas, piedras, correteos.
La mezcla de un ritmo normal enfrentado a la violencia, a la represión, creó una atmósfera que la lluvia no supo diluir.
Todos corrían: los transeúntes, los estudiantes, los carabineros tras ellos, así como mis colegas fotógrafos. Hay algo que no comprendo de mis colegas y es ese gusto por fotografiar situaciones límites creyendo que la violencia del ambiente les dará una imagen potencialmente ganadora. Me imagino que la “culpa” de esa motivación la tiene aquella emblemática generación de fotógrafos de mi país que desarrolló su trabajo dentro de una sociedad sumida en una dictadura que no daba tregua y que obligó a dirigir las cámaras hacia las protestas y el conflicto.
Robert Capa dijo: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es que no estas lo suficientemente cerca”. Lo comparto, pero no en este caso.
Me quedé a un lado, como observador… me parece más interesante la periferia del conflicto. Caminé hacia el techo de una puerta escapando del conflicto y de la lluvia. Al acercarme me di cuenta que estaría acompañado por un personaje muy particular. Era un hombre de aproximadamente 45 años, indigente. Estaba sentado de espaldas a la puerta, con una mano sostenía un espejo en el que miraba muy concentrado su escasa y descuidada dentadura. La gente pasaba frente a él sin advertir la presencia de este personaje fuera de lugar. Parecía el backstage de una película… mientras se grababa una escena violenta a metros de ese lugar, este actor sumamente antagónico se retocaba el maquillaje. Me paro al lado de él, lo observo disimuladamente. Estamos casi pegados pero él no advierte mi presencia, sigue muy concentrado en sus dientes. No me aguanto más y, con mucho respeto, le pregunto si puedo hacerle un retrato, me dice que no y sigue mirándose al espejo. Lo sigo observando obturando en mi cabeza un par de imágenes. El hombre me mira y me pregunta si tengo dinero. Le digo que no. No es que no quisiera darle dinero, es sólo que no me gusta tener el consentimiento de alguien sólo por dinero, “política de mi empresa”. Vuelve a mirarse en el espejo o lo que queda de él, mientras pienso en la importancia de ser consecuente, en este caso sobre la foto por plata, y sobre la necesidad económica que podría tener él. En ese momento me habla sin sacar la vista del espejo y me dice “bueno”. Yo le contesto “¿bueno qué?”, y él me dice “puedes sacarme una foto”. Me agaché, muy cerca de él, apunté mi cámara hacia lo que él estaba viendo, obturé un par de veces y volví a pararme a su lado. Hicimos como si no supiéramos que estaba uno al lado del otro y a los 5 minutos le di las gracias, sin obtener respuesta, y me fui. Lo miré desde lejos y seguía en su tarea, el espejo.
Eso fue lo que vi… dentro de eso, lo que él vio.
