
Una forma de conocer un tema es involucrándose en él de manera que el hecho o las ganas de hacerlo fotográficamente pasen a segundo plano, haciéndose parte del asunto elegido. Hacer que la cámara entre en un mundo para que los personajes se acostumbren a ella no es sólo una forma de conseguir “buenas” imágenes, es una manera de vivir la fotografía.
Ingresé en el mundo de la Masonería Mixta con el propósito de conocer más sobre el tema y a la vez intentar retratar este mundo. Fue ahí donde conocí esta manera de trabajar: Tomar el tema con el mismo respeto y pasión con la que tomo la cámara.
Luego de “acostumbrar” a la gente a que te vea siempre con la cámara ocurre un fenómeno difícil de explicar, la cámara es lo mismo que el yo.
Al intentar retratar, dar a conocer o sólo mostrar una mirada sobre un tema nos involucramos en menos o mayor medida con él. En mi opinión creo que para mostrar consistencia y compromiso en un trabajo fotográfico hay que involucrarse más allá de la cámara…pienso que hay que hacer del trabajo intelectual y emocional lo más importante dentro del proceso.
Hay personas que piensan que la fotografía como medio de expresión es fácil, es divertida y nada más. Los que nos hemos comprometido con ella nos vamos dando cuanta en el camino que de fácil no tiene nada. En la fotografía convergen muchas cosas: los sentimientos, las experiencias, el compromiso, y dentro de esas y muchas otras cosas está una de las más importantes…la obsesión.
Quizás esa última palabra es la más importante, la que ayuda a resumir en una palabra todo lo que he mencionado esta vez: OBSESIÓN. Eso es lo que experimenté con el tema de la Masoneria.



Catedral de Burgos, España.
Al igual que un deportista, el fotógrafo-cazador se puede entrenar mirando, buscando, equivocándose, pero lo más importante, a mi parecer, es “llevarse” lo que a uno, como individuo, le interesa, teniendo como segunda motivación el mostrar lo que se obtuvo. Digo segunda porque la primera fue lo que he mencionado antes…la motivación desde el estómago, aquello que te hizo obturar.
Las imágenes que decidí publicar esta vez ejemplifica mi propia búsqueda delante de una escena muchas veces vista. No digo que sea una “opinión” correcta sobre estos lugares, me refiero a que es una “opinión”, por lo tanto, un ejercicio.
Y como es un entrenamiento en algún momento el piloto automático comienza a trabajar, comienza a nacer un lenguaje que se traduce en encuadres, exposición. Las miles de decisiones comienzan a ser reemplazadas por disparos certeros.
No pretendo darles clases de cómo hacer fotografías, sólo les cuento todo lo que pasa y lo que ha pasado por mi cabeza en estos años.
Técnica, ni hablar, sólo hay que estudiar un buen libro o algún curso online, pero esto otro, esto de los que les hablo no tiene nombre. Y si hubiera que ponerle algún nombre sería MOTIVACIÓN.

Torre Eiffel, Paris.

Desde el momento en que me enteré de que la fotografía pasó a ser considerada un arte, me puse a pensar en ¿qué es el arte para mí? Bueno, sigo pensado en eso, y una de las conclusiones a la que me apego es precisamente que nunca se llegue a una explicación final. No ha pasado mucho tiempo desde esa primera pregunta, 10 años aproximadamente, poco para un cuestionamiento que creo que cruzará toda mi vida.
Don Manuel Alvarez Bravo lamentaba no haber podido hacer más fotografías, sentía que no había aprendido lo suficiente. ¿Terrible verdad?

El entrenamiento de una mirada, el querer decir algo a través de una imagen, el tomar una cámara en vez de un pincel o un lápiz nos dice automáticamente que la interpretación de la realidad será nuestro desafío, ni más complejo ni más simple que en las otras artes, nuestro único “dogma” es: “La realidad es lo nuestro”…a partir de este punto se abre una discusión muy interesante y polémica a la vez ya que el solo concepto de realidad nos abre una infinita gama de posibilidades: ¿La realidad es tu realidad o hay una en común?
Uno de los grandes valores de la fotografía es que nos entrega la posibilidad de, a través de una realidad en común, crear una propia abriendo así la opción al espectador de leer tu propuesta.


Me arriesgo a decir que la muerte, como tema fotográfico, es uno de los temas más abusados por profesionales y aficionados.
¿Se han preguntado que relación tiene la fotografía con la muerte?
¿La fotografía “alarga la vida”?
Desde sus inicios la fotografía buscó perpetuar la imagen de las personas al momento de apuntarlos con el objetivo. Luego el sentido de muerte fue cambiando de rumbo para hacerse cada vez más subjetivo: El fotógrafo, como artista, comenzó a trasladar a su interior los temas que veía en su exterior.
Creo que una de las interrogantes más importantes al momento de elegir la fotografía como lenguaje de expresión es si la queremos sólo para mostrar o documentar el mundo para ser visto por otras personas o si queremos dar una interpretación de él para que los otros se abran a ella. Como mencionaba en un post anterior, pienso que muchas de las imágenes que se hacen hoy en día y que vemos en innumerables sitios fotográficos, son copia de lo que otros hacen… la carencia de opinión e interpretación en la fotografía es una de las bellas carencias dentro del medio, y digo bellas porque si no fuera por este mar de espejos no veríamos esas pequeñas islas que aparecen a lo lejos.
¿Que tiene que ver esto con la muerte?:
Para mí, al menos, significa el poder perpetuar la interpretación que le damos a las cosas… o luchar contra el fin de los días.


Desde la invención de la fotografía el retrato ha sido un tema muy recurrente técnica y socialmente. En un principio sólo la gente de dinero podía posar frente a una cámara para inmortalizar su imagen. Con el paso del tiempo el retrato se fue haciendo más cercano a todas las clases sociales pasando a ser un arte un poco más democrático. Si damos un salto hasta nuestro días son innumerables la cantidad de retratos que se hacen a diario…los temas son inagotables: pobres, ricos, raros, anónimos, familia, amigos, etc. Pero al momento de “arrancarle” el alma a alguien con un retrato hay mucho que decir.
Algunos buscan conseguir con tan solo un retrato mostrar lo más profundo del alma de una persona. Tratan de arrancarle sus sentimientos, sus pensamientos. Yo opto por una técnica más primitiva: los impulsos que salen del estómago. No me refiero a esos impulsos prefabricados que se “amasan” en la cabeza hasta que den como resultado una idea espontáneamente trabajada, me refiero al “se pensó y se hizo”. ¿Por qué se hizo? Bueno, hay está lo primitivo.
Me resulta interesante encontrar, por casualidad quizás, en una persona eso que me quiero llevar…son cosas que dejan al descubierto solo por un momento. No es nada fácil, la frustración en una búsqueda como esa es mucho más probable que un retrato digno de premio.
Casi todos los retratos que he hecho y me han gustado han salido de la espontaneidad de un impulso y casi siempre sin pensarlo.
Así es, retratos estomacales.



A diferencia de la entrada anterior (Rara Colección), creo que hay veces en que se nos presentan, casi como regalos, imágenes las cuales tomamos tal como vienen…sólo tomarla, nada más.
Las veces en que me he visto “bendecido” por estas imágenes, sólo las capturo: Me paro en frente, levanto la cámara y “me las llevo”.
Como fotógrafo, nos pasamos la vida buscando imágenes que nos interpreten. Pasamos por épocas en que no vemos nada que llevarnos, pero ahí están esos regalos, es como un premio al esfuerzo. Sin mayor aviso nos topamos con esas imágenes que nos alegran y nos sorprenden.
Lejos de la divinidad…¿azar u ojos entrenados?. Yo creo que es un regalo, ni del cielo ni del arte ni de nadie, sólo un regalo.


¿Qué es lo primero que fotografiamos cuando vamos de viaje a un lugar desconocido para nosotros?
¿Será que nos concentramos en eso mismo, en lo desconocido?
¿De eso se tratará la fotografía?
¿Dirigimos nuestra cámara preferentemente a las cosas que nos producen extrañeza?
Todas estas preguntas me las hago porque en estos momentos me encuentro fuera de mi país, que conozco lo suficiente como para aventurarme, para fotografiar su “núcleo social”. Ahora estoy en Sao Paulo, Brasil. Hay muchas cosas y lugares que me gustaría fotografiar en esta ciudad… caminar sin rumbo por ahí buscando aquello que quisiera “llevarme”, pero pienso que, si no vivo acá, voy a llevarme sólo “rarezas” o cosas que en mi país no tengo. Quizás de eso se trate la fotografía. Esta no es una crítica al hecho de fotografiar lo poco común, sólo estoy planteando la hipótesis de que quizás siempre sea más atrayente lo desconocido.
¿A nuestra cámara interna le gustará lo desconocido?… quiero decir que me parece inconcebible el poder extraer la “médula” de una ciudad estando por un tiempo corto. Para poder conseguir aquella intimidad de un lugar siento que es necesario vivirlo por un tiempo… caminarlo, olerlo, meditar sobre lo que pasa. Don Manuel Álvarez Bravo, fotógrafo mexicano, dijo unos meses antes de su muerte, que él lamentaba no haber podido hacer más fotos en su ciudad, el Distrito Federal, en el que vivió toda su vida. Estas palabras de este gran maestro, al menos para mí, me marcaron desde el primer momento que las escuché: VIVIR LO QUE FOTOGRAFIAMOS. Y con esto no me refiero a pensar una imagen hasta el cansancio, me refiero a hacerla con toda conciencia del porqué nos mueve la fotografía y ese no es un proceso fácil de practicar. Deberíamos poder contar, sumar, juntar esas cosas que nos obsesionan para después hacer un catastro de motivaciones.


05 de junio del 2006
Invierno en Chile
Lluvia en el centro de Santiago
Mucha gente, caos…lo normal para la época, hora y lugar.
Una protesta estudiantil rompe abruptamente la rutina. Fuerzas especiales de carabineros, bombas lacrimógenas, piedras, correteos.
La mezcla de un ritmo normal enfrentado a la violencia, a la represión, creó una atmósfera que la lluvia no supo diluir.
Todos corrían: los transeúntes, los estudiantes, los carabineros tras ellos, así como mis colegas fotógrafos. Hay algo que no comprendo de mis colegas y es ese gusto por fotografiar situaciones límites creyendo que la violencia del ambiente les dará una imagen potencialmente ganadora. Me imagino que la “culpa” de esa motivación la tiene aquella emblemática generación de fotógrafos de mi país que desarrolló su trabajo dentro de una sociedad sumida en una dictadura que no daba tregua y que obligó a dirigir las cámaras hacia las protestas y el conflicto.
Robert Capa dijo: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es que no estas lo suficientemente cerca”. Lo comparto, pero no en este caso.
Me quedé a un lado, como observador… me parece más interesante la periferia del conflicto. Caminé hacia el techo de una puerta escapando del conflicto y de la lluvia. Al acercarme me di cuenta que estaría acompañado por un personaje muy particular. Era un hombre de aproximadamente 45 años, indigente. Estaba sentado de espaldas a la puerta, con una mano sostenía un espejo en el que miraba muy concentrado su escasa y descuidada dentadura. La gente pasaba frente a él sin advertir la presencia de este personaje fuera de lugar. Parecía el backstage de una película… mientras se grababa una escena violenta a metros de ese lugar, este actor sumamente antagónico se retocaba el maquillaje. Me paro al lado de él, lo observo disimuladamente. Estamos casi pegados pero él no advierte mi presencia, sigue muy concentrado en sus dientes. No me aguanto más y, con mucho respeto, le pregunto si puedo hacerle un retrato, me dice que no y sigue mirándose al espejo. Lo sigo observando obturando en mi cabeza un par de imágenes. El hombre me mira y me pregunta si tengo dinero. Le digo que no. No es que no quisiera darle dinero, es sólo que no me gusta tener el consentimiento de alguien sólo por dinero, “política de mi empresa”. Vuelve a mirarse en el espejo o lo que queda de él, mientras pienso en la importancia de ser consecuente, en este caso sobre la foto por plata, y sobre la necesidad económica que podría tener él. En ese momento me habla sin sacar la vista del espejo y me dice “bueno”. Yo le contesto “¿bueno qué?”, y él me dice “puedes sacarme una foto”. Me agaché, muy cerca de él, apunté mi cámara hacia lo que él estaba viendo, obturé un par de veces y volví a pararme a su lado. Hicimos como si no supiéramos que estaba uno al lado del otro y a los 5 minutos le di las gracias, sin obtener respuesta, y me fui. Lo miré desde lejos y seguía en su tarea, el espejo.
Eso fue lo que vi… dentro de eso, lo que él vio.

Este blog no pretende ser un manual de fotografía. Seré consecuente con la idea de usar lo técnico en favor de lo creativo. El hilo conductor de todas mis entradas a futuro será motivarlos a desarrollar una visión propia de su trabajo fotográfico.
Me parece oportuno para comprender y presentar el blog, conocer el concepto de “Fotografía mecánica”, el cual resume de muy buena manera la intención que me mueve a mostrarles un poco de, en mi opinión, esta “nueva” y compulsiva forma de expresión. Este concepto marcó un antes y un después en la corta historia de la fotografía. Pasó a dar importancia a aquellas ideas que estaban ocultas tras la competencia técnica que sostenían los nuevos fotógrafos resueltos a plasmar su nombre en la historia de este nuevo arte.
En 1860 Cornelius Jabez Hughes, fotógrafo británico, propuso el concepto “Fotografía mecánica” para distinguir el trabajo comercial, o mecánico, del de los fotógrafos que tenían una propuesta personal frente a este químico proceso.
C. J. Hughes dijo:
“Quede entendido que no utilizo la palabra mecánica con un sentido despectivo. Por el contrario, quiero decir que todo lo que pasa a ser descrito exactamente como es, y donde todas las partes son igualmente nítidas y perfectas, debe ser incluido bajo ese nombre. Podría haber utilizado la expresión de fotografía literal, pero creo que aquella es mejor. Ese campo, por obvios motivos, será siempre el más practicado, y allí donde se requiera una verdad literal e indiscutible, ése es el único enfoque permisible.”
El desafío es pasar de disparar a todo lo que se ve a ser un fotógrafo que cuente una historia propia.
“¿Qué motivo puede haber y qué interés para fotografiar un desnudo a contraluz en el hueco de una puerta, la parte delantera de un auto sobre la hierba, un carguero atracado, dos bancos en una pradera, unas nalgas de mujer ante una ventana rústica, un huevo sobre un vientre desnudo (fotos premiadas en un concurso de aficionados)?. En un primer tiempo, la fotografía, para sorprender, fotografía lo notable; pero muy pronto, decreta notable lo que ella misma fotografía. El ‘cualquier cosa’ se convierte entonces en el colmo sofisticado del valor”.
Ronald Barthes

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