Con dedicatoria a mi dedo gordo

Llevo sentada enfrente de esta computadora como 15 minutos, observando la pantalla, literalmente con la cabeza en blanco y al mismo tiempo no. Esta semana pasaron tantas cosas; capturaron a la Barbie, conocí a un chico escocés que ama el mezcal y escuche la noticia más importante de mi vida, aún más importante que el descubrimiento de una cura para el sida y el cáncer, Lady Gaga anunció que vendrá a México. Sorprendentemente, a pesar de amar a Lady Gaga con cada fibra de  mi cuerpesillo, no quiero hablar de eso.


Barbie_Mugshot

Cuando era niña tenía un diario, de hecho, seguramente estaba mejor escrito que este blog.Como muchas personas, escribía una sarta de tonterías, como la vez que me pelee con mi mejor amiga en tercero de primaria porque me dijo que no podía ser amiga de otra niña con la que no se llevaba, o la vez que me pelee con mi hermano porque no quería prestarme una piezas de Lego que necesitaba para completar mi obra maestra. Finalmente, escribía sobre lo que quería ser de grande.

Esto puede parecer sorprendente, pero a diferencia de mis amiguitos que querían ser astronautas, policías, doctores y actrices o cantantes (también tenía una amiga que quería ser luchadora de lucha libre), yo sólo soñaba con una profesión: Si mis sueños de pequeña se hubieran hecho realidad, en estos momentos sería una dentista, casada y con tres hijos. Ok, tal vez con un hijo y el segundo en camino, tampoco soy un conejo.

Quiero atribuir esa fijación extraña que tenía con los dentistas a la fijación extraña que mi mamá tenía con mi salud bucal, yo usé tres aparatos distintos para dejar de chuparme el dedo gordo. Lo amaba, era mi Lady Gaga de ese entonces, era como si lo único que necesitaba para ser feliz era mi dedo. De hecho, por muchos años yo no podía quedarme dormida sin chuparme el dedo gordo de la mano derecha mientras me apretaba la oreja izquierda con la otra mano. Es más, cuando me daban mi mamila lograba tomar leche (tibia, aunque yo le decía “leche poco caliente”) y chuparme el dedo al mismo tiempo.

Dejando de lado todas las teorías psicológicas de Freud sobre fijaciones orales, a mi mamá le preocupaba que mi necesidad por tener el dedo en la boca iba a resultar en un “enchuecamiento” de mis hermosos dientes de bebé, por lo que me empezó a llevar al dentista desde los tres años. Pero mi dedo era mi droga, rompí los primeros dos aparatos y no me importaba que mi dedo se lastimara, lo amaba como un gato ama sus whiskas.

Por otro lado, amaba ir al dentista, yo era como la paciente estrella, me la vivía ahí porque rompía mis aparatos todo el tiempo. Era lo mejor, me llevaban a comer lo que quisiera antes de ir, en el dentista me enseñaban a cepillarme los dientes con un peluche enorme, yo era la consentida de las enfermeras y siempre me regalaban estampas y juguetitos al salir. Para alguien que casi no disfruta ser el centro de atención, llevarme ahí era como llevar a un alcohólico a una barra abierta.

Cuando tenía cinco años y medio finalmente inventaron un aparato que me separó para siempre de mi hermoso dedo gordo y dejé de ir tan seguido. Hoy en día sigo yendo al mismo dentista, ridículamente me siguen diciendo Aurorita, pero los amo, voy mínimo dos veces al año. Al final no fui dentista y no estoy casada, ni tengo hijos (que sepa, porque nunca se sabe), decidí hacer otras cosas con mi vida, pero creo que mi yo de cuatro años hubiera estado orgullosa, casi siempre, de mí.

lady-gaga


Ahora tengo otra fijación, es güera, le gusta usar vestidos de plástico y zapatos extraños, y esta harta de que un tal Alejandro la esté llamando. Ahora que podré verla en vivo, mi amor sólo crece. Afortunadamente no hay aparatos que puedan separarme de este amor.

Nota: Por si les interesaba, mi amiga que quería ser luchadora terminó estudiando para abogada.